Los nuevos “No Alineados”

Con la guerra de Ucrania se profundizan las divisiones entre las grandes potencias y con ello podría surgir un nuevo “Movimiento de los No Alineados”. La agresión rusa ha provocado fuertes condenas y sanciones por parte de las democracias occidentales y las razones sobran: se trata de enfrentar una flagrante violación al derecho internacional, agravada todos los días por los crímenes de guerra perpetrados por las tropas de Putin. Pero muchos países no lo ven así. Un grupo numeroso de naciones se han mantenido neutrales, entre ellos India, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Vietnam, Egipto, Turquía, Brasil y muchos Estados en vías de desarrollo de Asia, América Latina y África. Se han mostrado reacios a censurar a Rusia y muchos se han negado a unirse a las sanciones multilaterales. México, es cierto, condenó la invasión en la ONU tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea General. Pero AMLO ha exhibido una postura ambigua al respecto. Le gustaría estar en el grupo de los nuevos “no alineados”, por eso presentó su absurda propuesta de paz para terminar con la guerra, la cual implicaría, tácitamente, concederle a Rusia todas sus pretensiones de ampliación territorial. Exhibe gallardo nuestro presidente, otra vez, su supina ignorancia en los temas de política internacional, pero eso no le importa ni a él ni a sus devotos electores. En el fondo, lo único importante es aparecer ante la “historia” como un “hombre bueno”, adalid de la paz y la dichosa fraternidad universal. 

Los nuevos no alineados evitan comprometerse con Occidente o con el eje Moscú-Pekín. Esta puede ser una estrategia sensata para los países interesados en preservar su autonomía y en evadir dilemas potencialmente costosos. Este conjunto podría evolucionar hacia la creación formal de una nueva institución semejante a la establecida en la década de los cincuenta por cuatro de los más carismáticos y “encantadores” líderes del siglo XX: Tito, Nkrumah, Sukarno, Nasser y Nehru. Dirigentes de poderosa personalidad, se negaron a unirse a alguno de los dos bloques rivales de la Guerra Fría. Fue en la histórica Conferencia de Bandung de 1955 donde se sentaron las bases del no alineamiento. El grupo nació formalmente en 1961 como el Movimiento de los No Alineados (MNOAL) dueña de una organización muy laxa y unos principios básicos muy generales, los cuales incluían el anticolonialismo, el antiimperialismo, el respeto por la soberanía y la integridad territorial, la no agresión y la no interferencia, y mantenerse al margen del conflicto soviético-estadounidense. 

El MNOAL se enfrentó a un dilema desde su origen. Contaba en su interior con el concurso de una amplia gama de ideologías políticas. No tardaron en surgir las paradojas. Cuando un Estado poderoso viola principios básicos como la soberanía y la integridad territorial, ¿deberían los miembros tomar partido para oponerse a él? Ocasionalmente tomaron fuertes posiciones unificadas. Por ejemplo, se unieron para oponerse al dominio colonial en Rodesia y al apartheid en Namibia y Sudáfrica. Pero estas fueron la excepción. Cuando los intereses de las superpotencias estaban más directamente en juego, los Estados no alineados fracasaron en ponerse de acuerdo. Gobiernos comunistas como los de Cuba y Vietnam estuvieron claramente del lado de Moscú en todo momento. Los conservadores, como Arabia Saudita y Marruecos se inclinaban constantemente a Washington. Por su parte, muchos miembros ejercían una neutralidad relativa y convenenciera. El MNOAL carecía de un estándar pactado entre sus integrantes sobre los grados de alineación aceptables. Estas contradicciones socavaron la capacidad del grupo de ejercer una genuina influencia global, incluso cuando las superpotencias pasaban por alto las sagradas normas de soberanía y autodeterminación. Con el fin de la Guerra Fría, la de por sí escasa relevancia del movimiento desapareció por completo. Los miembros luchaban por definir su papel en un mundo ya no moldeado por el bipolarismo. Aun así, el MNOAL aun sobrevive, aunque como un zombi. Actualmente cuenta con 120 miembros y celebraron su última cumbre en Belgrado el año pasado.

Una eventual nueva versión de la no alineación aparece hoy como más atractiva. Su aliciente estratégico es más fuerte ahora debido a una mayor integración global. Muchas de las naciones del MNOAL de la Guerra Fría integraron al grupo porque eran pobres, estratégicamente sin importancia e ignoradas por Occidente. Hoy la mayoría de los países tiene fuertes vínculos económicos, políticos y, en algunos casos, militares tanto con Oriente como con Occidente. La no alineación ayuda a mantener abiertas todas las puertas diplomáticas. Al contrario de lo sucedido en el siglo XX, las filas de un eventual nuevo movimiento de los no alineados tendría (teóricamente) mucho más peso e influencia gracias a la era digital con su poderoso y omnipresente impacto descentralizador en un mundo multipolar, aunque, eso sí, carece de caudillos de la talla carismática de Sukarno, Tito, Nkrumah, Nehru o Nasser. Solo se tiene a mano a personajes como Modi, Bolsonaro, Maduro, Díaz Canel, Al Sissi o…bueno…el Peje. 

Para los más cínicos el “neo-neo alineamiento” podría triangular hábilmente entre los polos democráticos y autoritarios del mundo y aprovechar su valor estratégico con el fin de obtener ventajas de ambos bloques. Pero, por el otro lado, tanto pancismo va en detrimento de la seguridad internacional. Putin destrozó la ilusión de un mundo regido por el derecho donde la conquista territorial y las guerras entre las grandes potencias estuviesen relegadas al pasado. La renuencia a tomar partido en un caso tan claro de agresión rusa a Ucrania debilita las normas internacionales y socava la paz mundial. Al hacerlo, se avala una campaña militar brutal y se legitima agresión y la usurpación territorial. Y son, precisamente, los “neo-no alineados” los más vulnerables a ser las siguientes víctimas de estas arbitrariedades. Más allá del oportunismo y del inmediatismo, las naciones libres deben oponerse, por principio, a la expansión territorial por la fuerza. El mundo sería un lugar mucho más peligroso si se tolera a las grandes potencias invadir impunemente a los pacíficos países vecinos. 

China y Rusia ven al mundo también desde una óptica cínica. Les conviene un nuevo movimiento de países no alineados. Todavía les gusta sacar a relucir la vieja retórica anticolonial y antiimperialista de la Guerra Fría. Son los populistas los primeros en caer en este juego, y lo hacen por las razones equivocadas. Con ello no solo intentan ganar popularidad ante los sectores “progres” de sus países, también pretenden “cobrar favores” a Pekín o Moscú al ayudarlos a no caer en el aislamiento político y a eludir eventuales sanciones. Pero el precio a pagar de darle la espalda al derecho y a la gobernanza internacional civilizada sería alto para todos. Las espurias consideraciones “geopolíticas” y el oportunismo tienen límites muy claros en un tiempo como el nuestro donde está en juego la supervivencia misma de la humanidad.

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