El anuncio apareció un día en las páginas de avisos de ocasión de un periódico nacional. Decía:
“Cotonetes. Llena botecitos con 200 piezas para tiendas autoservicio ganando $980 diarios. 67133425, 67133797. Nosotros llevamos, recogemos mercancía, sin costo”.
Mario —lo llamaré Mario— llevaba meses sin empleo. Hizo la multiplicación de rigor —980 x 30— y decidió que era buena idea marcar el número telefónico.
Lo citaron para el día siguiente en el séptimo piso de un edificio ubicado en la Avenida 20 de Noviembre, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
En el lugar había decenas de personas esperando “la entrevista”. Mientras aguardaba, Mario notó que las oficinas de Prodemex —tal era el nombre de la firma — lucían austeras. Sólo había unas sillas y unos pocos escritorios. “Es que se metieron a robar. Se llevaron todo el mobiliario y nos dejaron sin nada”, le dijo una empleada. “Pero tenemos tanto trabajo que no podemos detenernos”.
Un hombre joven, de aspecto amable, se presentó como Sergio Castellanos Lira, jefe de Recursos Humanos de Prodemex. Le dijo a Mario que los interesados debían recibir un curso de capacitación que duraba una semana. “Es un curso de desarrollo humano”, informó. Le pidieron una copia de su acta de nacimiento, una copia de su IFE, un comprobante de domicilio, tres fotografías tamaño infantil y 150 pesos “para la credencial”.

