Ruido: del cineasta como intelectual orgánico

¿Qué es una buena película? La respuesta depende, por supuesto, de la concepción del cine que sea punto de partida. Para multitudes alrededor del mundo la respuesta se relaciona con que el producto audiovisual sea una historia que les resulte atractiva. Por eso muchos consideran que la cinta sobre un líder mafioso y su heredero puede ser magnífica. Hay también, en abundancia, públicos que valoran la construcción de mitologías y los efectos visuales. Por eso viven fascinados por relatos seriados de personajes con grandes poderes o de distópicos futuros intergalácticos. También están los públicos que estiman, sobre todo, las acciones de espías, conductores de automóviles o criminales; o quienes se ven satisfechos con la presencia de actores que encuentran bellos o simpáticos; o quienes aprecian cinefotografías que les comparten paisajes y juegos de luces; quienes buscan reírse o ser testigos del encuentro de una pareja con final feliz. Está también, claro, la opción de quienes concebimos al cine como una red de formas audiovisuales históricas, ineludiblemente entrelazadas con la exploración de elementos básicos de la condición humana, en que las tramas, los contextos sociales y los géneros de adscripción de los filmes son características secundarias.

Ruido (2022) es el tercer largometraje de Natalia Beristain y se adhiere a otra noción del cine. Se trata de una concepción que no apela directamente al público más amplio, pero se inscribe en la convención dominante y prestigiosa, al menos, para buena parte de los involucrados en la producción cinematográfica y su exhibición de nicho, particularmente en sociedades subdesarrolladas como la mexicana. Es un concepto de las obras audiovisuales que pone en el centro de su construcción alguno, o diversos, temas de preocupación de lo que sus propios militantes llaman actualmente progresismo. Varios de tales asuntos son problemas palpables y ocupan también a otras facciones políticas. No es una novedad en la historia de las artes, pero tiene un giro contemporáneo importante. En esta vena —que no concierne sólo al cine— se recrean y abordan los temas sociales desde una perspectiva estrictamente delimitada que, aun cuando afirma plantear incertidumbres, procede desde la certeza que da la ausencia de duda moral, con los riesgos que esto conlleva.

En la sociedad mexicana, asociado a las organizaciones criminales y la incompetencia e incluso complicidad de autoridades —como también sugiere Ruido— se padecen desapariciones de personas, acentuadamente durante los gobiernos de los presidentes Felipe Calderón (2006-2012), Enrique Peña (2012-2018) y Andrés López (2018-2024). Ni uno de esos gobiernos ha revertido, ni mucho menos dado solución u oportunidad de cierre a los familiares de las víctimas inmediatas. En Ruido abundan huellas del activismo de mujeres ante la situación que padecen en este asunto. Gertrudis, a quien su madre llama “Ger”, había terminado recientemente su licenciatura y fue desaparecida en un bar fuera de la Ciudad de México. Nueve meses después sus padres, quienes viven separados, desconocen qué ha pasado con su hija, han mandado a su otro hijo fuera del país y enfrentan la ineptitud de la burocracia y de los cuerpos armados que deberían esclarecer el crimen.

En un momento crítico, la madre, Julia (Julieta Egurrola, conocida del público teatral en buena medida por su participación en la Compañía Nacional de Teatro y del gran público por su trabajo en múltiples telenovelas) retoma un grupo de apoyo y emprende el viaje para seguir buscando a Ger. Julia conoce a Abril (Teresa Ruiz), una periodista que se solidariza con quienes buscan a sus parientes desaparecidos. Información, predominantemente verbal —como ocurre también respecto al estado emocional de los personajes—, va descubriendo que la apariencia de Ger pudo ser detonante de la desaparición, con el consiguiente temor de que sea un crimen de trata. Así, la película de Beristain se concentra en cómo las desapariciones afectan a las mujeres.

Teresa Ruiz interpreta el papel de Abril Escobedo. Cinefotografía de Dariela Ludlow.

Tras esfuerzos fallidos, que incluyen el obstáculo de la corrupción policiaca, Julia colabora y convive con buscadores de desaparecidos (fueron filmados miembros reales de tales organizaciones). Después el público debe aceptar que la búsqueda de Julia es conocida y reprobada por los maleantes. Abril es desaparecida y Julia llevada por un fiscal —que parece estar al tanto de cada movimiento de los criminales— ante un detenido que algo le podrá decir sobre Ger. El joven criminal, quien será ilegítimamente liberado, confiesa a Julia que no toleraron que Ger tuviera cocaína que su grupo no le había vendido y que se la llevaron porque “estaba buena”, sentenciando que no tiene caso que la busque. Julia es conminada a irse y regresar a la capital. La madre termina en el tumulto de una manifestación feminista que es reprimida y ella, después de un golpe, vive un instante con su hija en el campo.

En Los adioses (2018), Beristain había abordado la figura de Rosario Castellanos como ícono feminista. Es pertinente destacar que hoy estas posiciones no son marginales. A pesar de su representación de graves fallos gubernamentales, Ruido tuvo financiamiento de impuestos cobrados a ciudadanos argentinos y mexicanos. Por mencionar ejemplos de días que corren: un sello de los megaconglomerados editoriales lanza el libro Rosario Castellanos. Materia que arde de la poeta Sara Uribe y la artista Verónica Gerber Bicecci; en el Foro Shakespeare se ofrece el ciclo “Brujas. Nuevas dramaturgias para una producción escénica feminista”; la Universidad Anáhuac —de los Legionarios de Cristo, un ala tradicionalista de la iglesia católica— ante el plagio cometido en una supuesta tesis doctoral, por quien usurpa el puesto de ministra en la corte suprema, lanzó un segundo comunicado en que menciona “egresados y egresadas”. Esto es producto de años de luchas, pero también de gestos vacíos, pues cabe recordar que quizá el primer personaje público que en México favoreció la costumbre de hilar el femenino y el masculino fue Vicente Fox, hace más de 20 años. La aceptación de estas prácticas revela algo importante: como la desigualdad y la violencia que afecta a las mujeres sigue vigente, o incluso empeora, es probable que las estrategias actuales no estén ofreciendo los resultados deseados, al menos no con la urgencia requerida; cabe la posibilidad de que se requieran diferentes medidas.

Un momento del rodaje de la película Ruido. Fotografía Voz y Dignidad por los Nuestros.

En el filme de Beristain no falta pericia técnica. La elaboración argumental y psicológica trata de ser suplida por recursos como enfocar al personaje, difuminando su entorno. La típica luminosidad de lámparas y pantallas en la penumbra conviven con luz intensa y nitidez de otras escenas. Hay recursos recurrentes: la cámara que, en lo que parece una sola toma, recorre espacios peligrosos y el acercamiento extremo al oído de la protagonista, acompañado por un zumbido. La composición de algunos encuadres, que se sirven de reflejos, es interesante (una abarca a alguien fuera de cuadro). El desarrollo dramático, no obstante —tras el levantamiento de Abril— culmina en un grito de Julia. Aunque sea un hecho lógico, puede llevar a la pregunta: ¿un personaje que grita es manera efectiva de convocar la experiencia representada?

El antiguo compañero de Julia es Arturo, quien carece del arrojo que ella demuestra. Él es interpretado por Arturo Beristain. Egurrola y Beristain son padres de la directora. La reacción “progresista” mecánica ante esta situación sería acusar “privilegio” y nepotismo. Pero ambos actores se desempeñan dignamente. A su vez, Natalia Beristain ha desempeñado múltiples funciones en la producción cinematográfica, ha trabajado en la Compañía Nacional de Teatro, e incluso ha probado versatilidad al complacer a diversos públicos dirigiendo episodios de la popularísima Luis Miguel: la serie (2018). En 2018 la Cineteca Nacional de la Ciudad de México presentó también la exposición Viaje redondo: los Beristain en el cine en el vestíbulo de su sala 2. Las fotografías expuestas daban cuenta de intervenciones, desde 1919, de miembros de esa familia en películas. Recuerdo el improcedente comentario de una académica: una familia “de alcurnia” que merecería apoyo a sus proyectos. El talento no es fatalidad y, mientras no sea creado un mejor sistema, tendría que ser el mérito genuino el que prevaleciera.

La cineasta Natalia Beristain ha dirigido tres largometrajes. Fotografía Cuartoscuro.

En español mexicano decir intelectual tiende a parecer reconocimiento de excepcional capacidad de conocimiento e inteligencia. Sin embargo, en el concepto original de intelectual orgánico la formulación alude llanamente al tipo de funciones que se desempeñan, por lo que el profesor menos informado y de pocas luces es también intelectual. Ser un intelectual orgánico tiene más que ver con la contribución —desde el amplísimo campo de las actividades culturales— a la plena realización de cierto proyecto político. Cuando los artistas deciden tomar esa posición tienen que asumir la responsabilidad de que, sea de un poder establecido o de uno en formación, se están colocando más cerca de funciones propagandísticas que de una tradición creativa. No se trata de prohibirse la política, un ejemplo sería Varda, quien estaba lejos de carecer de compromisos sociales y de no manifestarlos, pero cuya imbricación con la imaginación cinemática era ineludible y es patente en sus películas. La opción del artista como intelectual orgánico está lejos de ser censurable pues —como suele decirse— uno se debe a sus convicciones y hay situaciones ante las que, en conciencia, es difícil no actuar (aunque siempre cabe cuestionar si las convenciones vigentes son realmente las labores más pertinentes para alcanzar los objetivos que uno se plantea). Entre el cine y el compromiso, Natalia Beristain da prioridad a una causa social. Es indispensable resolver los problemas sociales a los que apuntan sus obras; lograrlo requiere de acciones efectivas desde múltiples frentes.

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