Del cine como Un domingo interminable

Cuando el cine emerge en alguna creación audiovisual es casi instantáneamente perceptible para quienes han desarrollado genuinamente su cinefilia. Esto puede ocurrir tanto en obras de cineastas experimentados como en las de directores primerizos como Alain Parroni (1992, Italia) con su Una sterminata domenica (2023), Un domingo interminable. En ella, el personaje Kevin —el hombre chico y bufón de un trío de buenos para nada— espeta sobre Brenda —la muchacha que es núcleo sensual del grupo completado por su novio Alex— que sería “alguien que no sabe ni por qué está en el mundo”. En cambio, en contraste con multitud de contemporáneos y mayores suyos, Parroni creó una película solvente con la sencilla base de la complejidad de la amistad y el dolor de la infidelidad y, sobre todo, a partir del afán de hacer cine.

Un factor puede predisponer favorablemente hacia la cinta pues además de otros productores se asienta la coproducción de Win Wenders, director notabilísimo. Sin embargo, Un domingo interminable se basta a sí misma. En el filme de Parroni hay velocidad y estruendo en ciertas escenas —en ocasiones con diferentes posiciones de cámaras y movimiento de ellas ante una sola acción— hay incluso oscuridad plena en contraste con luces —como en cualquier película virtuosamente fotografiada, de las que hay legiones— pero en Un domingo interminable esto no ocurre en situaciones impostadas sino verosímiles, como la belleza de un cuadro nocturno de los tres personajes en sus dispositivos digitales. Al lado de la aceleración, hay detenimiento en detalles que contrastan con esa impresión de calidad ordinaria —como algún papel que se consume en el fuego— y así la captura del entorno lejos de construir en una sola dirección abre la pluralidad visual. Aun con cierto aire ambarino algunos encuadres de Brenda y Alex no están enfrentados con la imaginería de películas de adolescentes de Hollywood. Pero, de nuevo, al lado de esto Parroni registra viviendas estandarizadas tanto con pietaje como en fotografías que acaparan la pantalla y el director alcanza una cúspide de erotismo y carga emocional cuando Kevin y Brenda juegan a besarse para figurar en fotografías de otros. Simultáneamente, Un domingo interminable conoce el silencio y a personajes que se demoran caminando en busca de huevos. La sobreposición de sonidos y hasta una especie de audio amortiguado, así como la ausencia de sincronía entre parlamentos e imágenes conducen no a unidad narrativa sino cinemática.

Hacia el final Alex enfrenta una dolorosa revolución en su vida.

Los tres personajes deambulan sin ser precisamente flâneurs pues no tienen claridad sobre sus hallazgos, ni sociales ni personales. Una reseña deficiente se detendría en el apego de la abuela de Brenda a supersticiones como referencia artística a saberes paganos de la antigua Roma; pero eso equivaldría a tematizar algo que es circunstancial (una estratagema común para evadir el esfuerzo de acercarse a las obras). De manera semejante, en su visita a un centro comercial los personajes podrían efectivamente encontrarse en cualquier lugar del mundo —como dictaría la perorata izquierdista que ve la globalización como deleznable borramiento de diferencias culturales nacionales (aunque los hechos muestren que éstas se obstinan en su existencia y aun se encienden ante la globalización). En una de las ocasiones en que la acción sucede cerca del Vaticano, la voz del papa Francisco se ocupa en su sermón de la responsabilidad de los cristianos de difundir la luz de Jesús, lo que puede o no importarle al cineasta Parroni.

Brenda es tan atractiva que ha aprendido a manipular, Kevin se refugia en su insolencia, mientras Alex aspira a complacer a Brenda, quiere hacer lo que supone su deber ante la situación que comparten: ella tiene un retraso menstrual de tres reglas. Son lindos jóvenes bronceados, cuyas preocupaciones se centran en tener hambre y experimentar las emociones de sus relaciones, que participan en un relato coherente y hasta clásico, aunque algunos detalles hagan que no se le perciba así en primera instancia. Si bien los tres muchachos carecen de oficio y beneficio, al estar en el cementerio de una iglesia debaten sobre la eventual educación religiosa de sus hipotéticos hijos. En una playa expresan: “Dios es un extraterrestre”, lo que, en rigor, de existir, sería cierto. Pero también en la playa su diálogo se desborda: Kevin espeta a Alex que Brenda puede estar embarazada de cualquiera y la califica de “puta”. Esto convierte a Alex en un héroe —literalmente— atormentado bajo la lluvia en calles oscuras, acompañado por el chirrido de arrastrar su motocicleta que ha dejado de funcionar. Como anotaba: es una narración inscrita en lo convencional, pero contada aptamente con imágenes y sonidos. Los acercamientos extremos pueden pasar desapercibidos, así como la intercalación de imágenes capturadas por cámaras fotográficas obsoletas de los personajes. Se trata, en el conjunto del filme, de una fotografía impecable en el sentido de la pertinencia de sus recursos y el alcance de sus logros: una poética de la oscuridad.

Varios escenarios son testigos de las emociones de los personajes.

Es Un domingo interminable porque las vidas de Alex, Brenda y Kevin parecen carecer de sentido, son como los domingos de perdición para quienes —necesitados de conducción desde fuera de sí mismos— se viven como en desesperada prisión cuando no hay ordenamientos precisos por atender en el día de ocio. El filme consigue aletargar ese tiempo y gracias a ello los sonidos —como el de un avión— y las imágenes —como la textura de la arena— cobran mayor presencia. El sol y el tedio se convierten en teatro de sombras y siestas acaloradas, mientras que el contraste de colores —y luz— da más contundencia a imágenes y sombras: una coloración pesada. Igualmente, el director Parroni evidencia comprender que el realismo en las artes es un juego ficcional: hace coincidir en tiempo y espacio el primer momento del sufrimiento de Alex con el momento —meses después— del accidentado alumbramiento de su hijo. El deambular de los personajes los coloca frente a mucho, como las angustias absurdas en la forma de un teléfono caído en un balde de sangre animal. Los teléfonos celulares omnipresentes —con la dinámica de comunicación inmediata y permanente que promueven— resultan en una tormenta añadida a las angustias de siempre. Quizá Alex se pregunta, con el mismo miedo de tantos hombres en la historia antes que él: si me ha sido infiel, probablemente con mi amigo, ¿me quiere o no me quiere? Para Parroni los dolores del amor pueden llevarnos a otra noche oscura del alma.

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