Apocatopía: destino de la migración del héroe

(Primera de tres partes)

1.El héroe y el cumplimiento del fin: una tarea de sufrimiento.

La figura del héroe está vinculada a la virtud, a la perfección, a la ejemplaridad, pero también a la tristeza, al esfuerzo y al padecimiento físico o emocional para alcanzar un fin: en una palabra, al sacrificio.

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La circunstancia de experimentar sufrimiento como elemento de purificación es lo que distancia de manera definitiva al dios de la figura heroica y lo que, a su vez, lo emparenta con la persona común: la posibilidad de ser destruido física, emocional o moralmente, a pesar de su superioridad sobre el resto de los humanos. Carlos García Gual lo explica con claridad: “Los héroes han realizado admirables acciones, pero su audacia a menudo esta compensada con el sufrimiento. Como si la grandeza excesiva se pagara con una noble y tremenda agonía.”

El dios, como personaje señero de la mitología está habilitado para gobernar, crear o destruir, pero no para sentir dolor, padecer o morir. El sufrimiento “es el precio pagado para el progreso humano”. (Knox). Sin embargo, esa posibilidad de sufrir, anhelar o amar, de morir, con el propósito de alcanzar un anhelo, ocurre en el personaje heroico sin que la rendición se convierta en un escenario posible. El héroe prefiere la muerte al fracaso: perecer antes que rendirse.

En esas circunstancias, la invencibilidad es la palabra que mejor describe al héroe, a la heroína, y a la vez, es el factor que lo aleja del simple mortal: la imposibilidad de darse por vencido, su resistencia ilimitada al fracaso.

El héroe, la heroína, no tienen dentro de su léxico o código de conducta ser víctimas del cansancio o de la frustración, aunque si caen en la tentación de ser débiles siempre llega un instante de corrección que los libera o los rescata de flaquear y, en cambio, como reacción a ese instante amargo, apuran el cumplimiento de sus metas, obtienen sabiduría o encuentran un instante de sosiego que es puerta para llegar a la revelación, mientras que el hombre o la mujer comunes muy frecuentemente tendrán en la punta de la lengua la posibilidad de recular, el ansia de rendirse, o el pretexto para quedarse inmóviles y arrepentirse de sus objetivos, lanzándolos al olvido o a la autocompasión.

El heroísmo concentra en sus sílabas el estigma del dolor y lo vive con abundancia, acaso, con resignación, pero no la pérdida, de la que le huyen como de un mal presagio. El héroe jamás pierde o se vence, aunque, en su ganancia, cargue sobre sus espaldas el fardo inevitable del sufrimiento, del dolor, pero también de la eternidad: “El héroe es una pieza de un entramado trágico que lo trasciende” (García Gual).

La necesidad de trascender que tiene el héroe viene del deseo de cumplir con un destino magnífico que lo antecede y sobrepasa. Tal vez, por esa situación, elige la proeza, el triunfo, el viaje, la mutación interminable, el movimiento perpetuo, a la predictibilidad, la comodidad o la calma, para así descubrir su objetivo que, a su vez, le devela el sentido único de la vida: la perfección, que importa en sí misma la necesidad de vencer las circunstancias adversas de la existencia, con el fin de alcanzar una grandeza que solo se cumple cuando el héroe llega a su meta.

Frente a esa elección de trascender vienen a la cabeza los nombres de Ulises, que prefirió abandonar su reino, a su esposa e hijo, y convertirse en uno de los estrategas que comandó el triunfo de los aqueos sobre los troyanos; Hércules, que realizó los doce trabajos para congraciarse con la madre de los dioses (Hera); Jasón, quien emprendió un viaje a ultramar para conquistar el vellocino de oro; Eneas que enterró su pasado en la devastada Troya y fundó el imperio romano sobre las cenizas de la nostalgia de la devastada Ilión; o Dante que bajó al Infierno, recorrió el Purgatorio y llegó al Paraíso para descubrir la gracia divina.

El heroísmo supone iniciar una aventura, realizar un sacrificio o experimentar un sufrimiento que pone a prueba la entereza física, moral o emocional del héroe, quien al final emprende una hazaña, realiza un viaje o recorre un pasaje oscuro con la certeza de que ese tránsito le permitirá ver la luz y después, acaso, conseguir la gracia de la iluminación eterna.

Esa iluminación, no obstante, está lejana de la santidad, del ascetismo o de la urgencia reflexiva y es muy cercana a la acción, a la apuesta por el riesgo y al movimiento incesante. “La idea de que es de la oscuridad del abismo, del mundo ctónico, de donde viene la vida, es un motivo mitológico importante (…) estos cultos estaban asociados en gran medida con un ciclo de muerte, descenso al submundo y después renacimiento de la vida”. (Campbell)

En efecto, el héroe busca la vida y ello supone moverse; en la búsqueda, sin embargo, no espera alcanzar la felicidad sino la trascendencia y ella conlleva necesariamente un sacrificio que empieza por recorrer un largo camino con paradas inciertas y difíciles: el mar, las profundidades del subsuelo, las montañas y los terrenos agrestes, todos, evocaciones diferentes del infierno, con sus penas, obstáculos y riesgos de perder la vida o, al menos, de acercarse a la muerte como si se tratara de un juego siniestro.

A pesar de ello, no es la muerte lo que guía el destino del héroe sino una fuerza vital que lo lleva al lado contrario: a la necesidad de existir por siempre, aun cuando las condiciones de esa existencia sean lamentablemente dolorosas (pensemos en Prometeo) o infames (pensamos en Edipo o en Antígona)

El paso del tiempo, vale decirlo, moduló la noción de sufrimiento (que no la erradicó) como característica inseparable del héroe, dándole posibilidades adicionales para liberarse del dolor, derivado, justamente, de su fortaleza, entereza moral o, en una frase: de su superioridad frente al resto de los humanos y personas comunes, quienes, como dije párrafos arriba, pierden, ceden a la debilidad, a la frustración o a la tristeza, mientras Prometeo persiste en su empeño de subir una inmensa roca sobre sus espaldas, observa cómo las águilas y las aves de rapiña devoran sus intestinos y órganos vitales internos y, no obstante, mantiene su convicción de haber hecho lo correcto (cuando robó el fuego para entregarlo a los hombres) y de ofrendar un sacrificio por desconocer a la autoridad divina, a pesar de que ese desafío lo lleve a repetir su destino trágico de manera interminable.

Así, el héroe y la heroína, resisten la áspera suerte que les traza el destino para lograr su objetivo y ganarse el derecho a ser considerados como personajes heroicos, lo que, por una parte, subraya su carácter humano y, por ende, su vulnerabilidad, sí, pero sobre todo, su deseo de ocultar esa debilidad al enfrentarla con el escudo de su fortaleza, que puede materializarse con la lucha del hombre con la bestia, el enfrentamiento del héroe con los elementos, o bien, con el emprendimiento de la aventura.

Autor

  • Rodolfo Lezama

    Nació en México D.F., en 1974. Escritor de oficio, especialista electoral por necesidad, inconforme por decisión. Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM y del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha publicado cuento, ensayo literario y reseña musical en diversas revistas y periódicos culturales, así como artículos especializados en materia electoral. Escribe de forma habitual en la revista Voz y voto. Actualmente trabaja una saga narrativa sobre el viaje literario.

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