La otra Persona

Hace tiempo pregunté a una persona muy involucrada y notoria en teatro sobre quiénes estarían haciendo teatro de vanguardia en la Ciudad de México. Su respuesta me desconcertó: respondió con el nombre de un director que invariablemente monta obras de repertorio de manera tradicional, aunque con excelencia. Supongo que mi curiosidad anhelaba encontrar puestas en escena más allá de mamarrachadas o de jóvenes creadores que son incitados a confundir la genuina experimentación con el chapuceo con lenguajes académicos. Esto vino a mi memoria al ver la adaptación a la escena de la película de Ingmar Bergman, Persona, que termina su temporada en el Centro Cultural del Bosque este domingo 11 de mayo de 2025. Se trata de un filme de 1966 —de hace 59 años— que ha conocido todo tipo de adaptaciones. Que ahora estos actores mexicanos se mezclen a momentos con el público ya no resulta significativo, pero la Compañía de Teatro El Ghetto logra una representación que se distingue por su inmersión en posibilidades escénicas.

En la obra de teatro Persona, las acciones parecen conducidas por una filmación. Fotografía de Roberto Blenda.

La defensa del repertorio en las artes puede ser múltiple. Bergman tendría que formar parte de cualquier formación cinemática, como Miller lo es para el teatro; por mencionar obviedades. Siempre llegan nuevos interesados, siempre hay jóvenes que se acercan por primera vez a algún arte y conviene que tengan contacto con algo que ha probado cierta perdurabilidad, no merecen estar expuestos sólo a realizaciones que, en su mayoría, no tocarán la permanencia. Pero es razonable que surja la pregunta sobre para qué adaptar una célebre cinta a la escena. Si hay quienes —en toda clase de obras de arte— hacen citas, acometen versiones, introducen alusiones y califican sus imitaciones como homenajes para intentar atraer algún prestigio a sus obras; en el director Agustín Meza, en cambio, tenemos muestras de la obsesión del amor hacia un cúmulo de artistas: al adaptar a Bergman no puede quitar de su mente una escena de Tarkovski y la incluye en Persona. A través del confundido personaje de la obra habla la actriz que lo mismo se plantea “dejar” que “volver” al teatro. Para beneficio del público teatral, a Meza esa disyuntiva le es imposible.

La puesta en escena conserva la anécdota de la película: una actriz con algún problema psíquico es cuidada por una enfermera en una isla, sus personalidades se acercan hasta confundirse. Pero esta trama es apenas más importante que el color de pelo de las actrices. En la cinta de Bergman hay un innegable elemento experimental que hace a la película ser lo que es, superando la narrativa cinematográfica. Este factor, no obstante, podría llevar en el escenario a mamarrachadas de iluminación y sonido efectistas. Por el contrario, Meza optó por añadir un ficticio equipo de filmación que acompaña la acción de las actrices y personajes incidentales. Esta presencia, como otras en diversas puestas en escena de El Ghetto, no es explicada y, en cierto modo, ni siquiera cobra sentido. ¿Qué sería de los hechos sin el supuesto equipo técnico?

En el pasado escribí sobre otra adaptación de Persona al teatro. En ella la habilidad de la actriz Adriana Butoi y sus compañeros daban a sus movimientos una plasticidad que cabía calificar como cinemática. Ahí residía el que era quizá su mayor vínculo con la obra de Bergman. Meza con todo y equipo de filmación acomete algo distinto: uno puede borrar mentalmente —uno a uno— a esos técnicos, a los demás personajes y encontrarse que está ante un monólogo. Así, mientras aquella adaptación aludía al cine, la de Meza se esfuerza por convertir una película en teatro. La presencia del imaginario equipo de filmación no puede dejar de referir al cine, pero en lo fundamental crea situaciones escénicas como la de siluetas a contraluz y la constante interacción de algunos reflectores y la oscuridad del espacio. Es la voz actoral la que al mantenerse en tensión sostiene el entramado creado para acompañarla. Así emerge en la sala de teatro —como en el filme de Bergman— un relato erótico de excepcional potencia; una orgía que conduce a un embarazo. La intensidad de esa sección del monólogo bien vale una puesta en escena.

Es lamentable, criticable y detestable cómo la propaganda gubernamental está invadiendo los espacios para las artes —como esta representación en el Teatro El Galeón— con pretextos como la “cultura comunitaria”. Antes de la función de Persona a la que asistí, alguien hizo un discurso disfrazándolo como expresión de “Prólogos escénicos”. Hablaba de “teatro comunitario” y “arte comunitario” identificándolos positivamente y hablando de “cambios profundos en las sociedades”, como los que falsamente asegura el actual grupo gobernante que estaría experimentando la sociedad mexicana, cuando lo que sí ocurre es el tránsito de la germinal democracia al nuevo autoritarismo mexicano; como prueban precisamente este tipo de invasiones. Además, el discurso contenía retórica utilizada —sin originalidad— por la burócrata a cargo de la secretaría de cultura, pues mencionaba “comunidades originarias” y el “lazo que nos une con nuestros antepasados”, como tema que debiese preocupar viva y permanentemente. Si el arte es una forma de propaganda es otro debate, lo que aquí menciono es la grosería del proceder del populismo de López y Sheinbaum.

Es curioso lo propensa que es la comunidad teatral para histriónicamente celebrar la heroicidad de su trabajo. No les falta razón: la viabilidad económica del teatro en México es casi nula. Pero, aunque los momentos desafortunados de falta de espectadores no son escasos, en una ciudad gigantesca se multiplican posibilidades de que llegue gente a cualquier montaje. Esto no es igual a la existencia de un público que discierna entre lo que ve y lo que es posible. Podría aludirse al cliché de la “formación de públicos” cuyo significado generalmente se limita a realizar actividades y suponer que eso contribuye a educar a los espectadores, quienes eventualmente podrían convertirse en público asiduo. Dudo del planteamiento. Pero estoy seguro que —al ofrecer puestas en escena serias— el director Agustín Meza y los miembros de la Compañía El Ghetto contribuyen destacadamente a la vida teatral en México.

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