La neutralidad no existe. En nuestro intercambio público decir que se es neutral es mentir para convencer sólo a audiencias invadidas por la fe. Frente al drama que vive el país, la “imparcialidad” es una bajeza que, en el fondo casi siempre, implica un cálculo para medrar en el desorden.
Yo no soy neutral. Frente al aluvión del autoritarismo populista intento favorecer la existencia de una oposición franca y vigorosa. Sin concesiones, por cierto, alejada de la anodina pretensión de reconocer aciertos del gobierno federal porque estos, en cualquier caso, son menores, al derrumbamiento de las instituciones y las leyes, tanto para la definición de las políticas públicas como para la delimitación de la coexistencia civilizada. Tratar como demócratas a quienes no lo son ayuda al autoritarismo. Hay que hablar a la sociedad, no a los populistas. Los populistas no hablan con la oposición simplemente porque no la reconocen como tal.
¿Frente a la grave situación que priva en el país existe una oposición articulada, inteligente y vigorosa? No, es obvio. Ahora mismo depende de lo que haga el gobierno de EE.UU, la prensa y las grietas de Morena. Evadir el tema nos haría cómplices del avance autoritario que, en la oposición que tenemos, encuentra a un aliado. “Oposición”, escribo en singular, pero teniendo presente matices y diferencias sustanciales en ese espectro. Lo hago para decir algunas generalidades que le son comunes:
1) Un pasado tormentoso que, ante la sociedad, les resta credibilidad. Nadie en su sano juicio puede presumir las administraciones del PRI y el PAN en el gobierno federal (aún cuando, en efecto, estemos viviendo una tragedia mucho mayor); 2) la ausencia de una narrativa que integre propuestas de nación y exhiba las carencias políticas y éticas de la actual clase en el poder. Hay esfuerzos encomiables, pero son aislados e inconexos. 3) Carece de relevo generacional y, por todo eso 4) no sabe comunicar.

Entre aquel citado amasijo, abunda la desesperación o el fervor de una fe sin resguardo racional. Dígalo sino el todavía reciente encumbramiento de Zedillo, “el hijo del 68” como el icono defensor de la patria o el anuncio de una lista que “ya pronto estará lista” para que el gobierno de EEUU. haga justicia en nuestro país. Entre ese desorden emocional se hallan fervorosos rezos (de esos que acostumbra la derecha más rancia, como los que hizo AMLO durante su campaña) y también se hallan atrocidades como las de llamar al hijo menor del ex presidente con una apodo que se gestó cuando era niño y que, aún ahora que es mayor de edad, no tendría porque ser parte de la inquina, bajo ningún pretexto. El que sea. Una oposición honrada y eficaz debe entender que con los niños no y con los jóvenes hijos de políticos tampoco, si ellos no son políticos. Esa fue mi postura cuando uno de los usuarios de las redes más miserables arremetió contra uno de los hijos de Xóchitl Gálvez (mayor de edad) y esa es la posición que tengo cuando Lourdes mendoza, en el nombre de un extraño tipo de periodismo, usa el conocido apodo contra Jesús Ernesto y luego estalla indignada ya que, también unos miserables, insultan a su hija (quien, como en todos los casos, tiene todo mi apoyo y solidaridad).
En el terreno de la polarización gana siempre el populismo autoritario mientras desde la oposición se confunde valentía con la capacidad para gritar o insultar más. Criticar sin concesiones al populismo no me hace cómplice de esos errores. No soy parte de camarillas ni aspiro a integrar ninguna (menos aún de esas que, en el nombre de la amistad, la causa o el patrocinio, están dispuestas no sólo a voltear la mirada sino a defender lo indefendible).
En definitiva, son algunos medios y amplios sectores de la sociedad, y entre ésta cada vez más usuarios de las redes sociales, el único contrapeso que tiene el proyecto autoritario.

