“Colocar al frente de un programa de radio o de televisión a un discapacitado lingüístico es como poner de inspector de semáforos a un daltónico”. Pedro Luis Barcia
Profesores universitarios, filólogos y miembros de academias, consideran que los medios de comunicación “propalan vulgarismos, idiotismos, barbarismos y ‘anormalidades’ de la lengua” como lo señalaron en un acto en la Universidad de Salamanca, España, hace años.
Se podría decir que, en general, los periodistas usan bien el lenguaje, pero, es suficiente que unos cuantos lo descuiden para que mucha gente también tome como modelo sus errores: es el poder de la prensa.
Hoy existen cambios en el lenguaje por la llamada corrección política; muchos de ellos impulsado por organizaciones feministas que defienden la igualdad hasta en la lengua, y otros, por periodistas que, al igual que esas organizaciones, ignoran los criterios lingüísticos para hacerlo. Los manuales de redacción periodística indican que se debe tener cuidado al expresarse para no caer en el sexismo, pero es muy diferente difundir absurdos, que pronto toman carta de presentación y se quedan en el habla. Y, el que la Real Academia Española lo admita, no significa que sea correcto.
Por ejemplo, vemos que El Universal publica una nota que titula:
“Graduación de la comandanta Nestora”. Donde dice “[…] Nestora Salgado García, comandanta de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias […] recibió ahí unos días el certificado de estudios de primaria […]”. (3 de febrero de 2016).
El Universal no usa comillas, así que acepta como válido ese cargo en femenino.
Días después leemos en un portal:
“Juez repondrá proceso a Nestora Salgado, la comandanta de la Policía Comunitaria” (Animal Político. 26 de febrero de 2016).
Meses antes, Alberto Nájar tituló un texto para de BBC Mundo, pero lo entrecomilló:
“Nestora Salgado, la polémica ‘comandanta’ mexicana acusada de 50 secuestros” (10 de octubre de 2015).
Lo de Najar tiene excusa porque así le dicen a Nestora por su rumbo: la “Comandanta”.
Supongo que, desde aquellos tiempos de la guerrilla chiapaneca, se comenzó a ver normal esa desatinada palabra, por aquella militante (no militanta) del EZLN: la “Comandanta Ramona”.
No obstante, las simpatías por la guerrilla o los grupos feministas, no deben obstar para escribir con corrección; debe decirse “la comandante”. En España, donde hace mucho, se aceptó el uso de vocablos como “infanta”, después Leopoldo Alas hizo famosa a La Regenta. Esas excepciones han dado pie a que ahora, sea común decir “la presidenta”. En ese se país existe la “gobernanta”, la “parienta”, la “jueza” (como si hubiera “juezo” la “concejala” como si existiera su contraparte el “consejalo” (la terminación "al" no indica masculino). No se sabe cuándo ya se dirá: la “estudianta”, la “contralta", la "cantanta”, la “soprana", la “amanta”, la “votanta”, la “intelectuala”…
Lo que esos destructores del idioma ignoran es que, para que el lenguaje funcione, en esa área, tiene que imponerse un género por defecto, el género no marcado, dicen los lingüistas. No se puede decir “las los diputadas diputados… ”; “ Los las seres seras humanos humanas…”; eso atenta contra el principio de economía del lenguaje . Por eso, cuando se dice: “Los niños deben ser protegidos”, se entiende que se refiere a niños y niñas; cambiar el género se particularizaría a niñas solamente.
Ahora que, si ese género tiene una connotación machista, puede ser, pero hacer una mudanza de igualdad sería imposible. Hay que recordar que cambiar el lenguaje no cambia la sociedad.
Por otro lado, en el asunto de las profesiones (u oficios) la mayoría tiene su femenino: doctora, arquitecta, ingeniera, licenciada, abogada, enfermera, secretaria, cocinera. Hay algunas que no la tienen porque su masculino no es “masculino”: oficial, policía, infante, dentista, juez. Ante la ambigüedad se usa el artículo femenino.
Es suficiente con decir la juez, la oficial, la policía, la concejal, la fabricante.
El sufijo “ista” no indica el sexo o el género, sino el oficio o profesión (o para partidarios de una doctrina o movimiento), por eso se debe escribir “el modista”, no “el modisto”.
Regresando al tema, lo que ignoran los periodistas y los grupos feministas (que mal se vería decir: “las grupas feministas”, ¿no?) es que la terminación “ente” o “nte” denota la acción del verbo y así se crearon sustantivos. Por eso, “gerente” indica” que administra”, no “el hombre que administra”, por lo tanto es correcto decir “la gerente”. “Infante” significa “que no habla”, no “niño que no habla”, así que “la infante” es correcto. Y así con todas las de esa terminación.
¿Que ya existen varias que son de uso común, como “jueza” y otras? Los periodistas podrían revertirlo. La gente usa palabras que lee o escucha.
En Nicaragua, en los ochenta, la prensa inventó la palabra “somocidio” para nombrar los asesinatos del dictador Anastasio Somoza, y el vocablo se puso de moda. Sin embargo, si homicida es quien mata un hombre, “somocida” sería quien mata a un Somoza.
Por eso, los profesores de lengua española de Managua insistieron ante los periodistas en que era un error, y la palabra dejó de usarse.
Como afirma Joaquín Müller-Thyssen, director de Fundéu BBVA: “Los periodistas no hablan peor ni mucho menos que el resto de la población, pero tienen mucha responsabilidad y se les debe exigir, dado que son una parte importante en el desarrollo de la lengua”.

