La frase “quien no conoce la historia está condenado a repetirla” es una advertencia sobre la importancia de aprender del pasado para no cometer los mismos errores en el futuro, popularizada por el filósofo español George Santayana, aunque también se atribuye a otros como Edmund Burke o Cicerón; su significado central es que la ignorancia histórica lleva a la repetición de tragedias o fallos pasados.
Recordemos; en marzo de 1933, el Parlamento alemán aprobó la llamada Ley Habilitante, una de las normas más trascendentales, y fatales, de la historia contemporánea. Bajo el argumento de enfrentar una crisis nacional, esta ley otorgó a Adolf Hitler y a su gabinete la facultad de legislar sin control parlamentario, incluso por encima de la Constitución. En la práctica, significó la anulación del Poder Legislativo, la subordinación del Poder Judicial y el inicio formal de una dictadura legalizada.
La Ley Habilitante fue el desenlace de un proceso progresivo de debilitamiento institucional, persecución de opositores, descrédito de la prensa crítica y concentración del poder en un solo partido que se asumía como la encarnación de la voluntad popular.
La historia no se repite de forma idéntica, pero sí rima. En el México contemporáneo se observa un proceso que, sin equiparar contextos ni resultados extremos, presenta inquietantes similitudes estructurales. La concentración progresiva del poder en un solo movimiento político, la captura de los tres poderes del Estado y el debilitamiento sistemático de los organismos constitucionales autónomos configuran un preocupante escenario.
Durante décadas, México construyó , con enormes dificultades , un entramado institucional diseñado para limitar el poder presidencial. La autonomía del Instituto Nacional Electoral, del Poder Judicial, de los órganos reguladores y de las entidades de transparencia fue una respuesta directa al autoritarismo del siglo XX. Sin embargo, en años recientes, estas instituciones han sido descalificadas como “obstáculos”, “herencias neoliberales” o “enemigos del pueblo”, una narrativa que recuerda a la utilizada por regímenes que buscan concentrar el poder sin contrapesos.
El actual proyecto de desaparecer al Instituto Nacional Electoral como organismo autónomo y subordinarlo a la Secretaría de Gobernación resulta especialmente alarmante. No se trata de una simple reforma administrativa, sino de un retroceso histórico. La organización de elecciones por parte del Ejecutivo fue precisamente una de las causas del fraude sistemático que marcó la vida política mexicana durante décadas. Colocar nuevamente los comicios bajo control gubernamental seria un verdadero suicidio electoral. Siendo el Estado juez y parte su conteo de votos es previsible: “Yo gane”.
Cuando los jueces dejan de ser árbitros independientes y se convierten en operadores del poder, el Estado de derecho se transforma en una ficción. La ley deja de ser un límite y se convierte en un instrumento del gobierno en turno.
El mayor peligro de que un solo partido logre desaparecer a toda la oposición no es solo la ausencia de alternancia, sino la eliminación del disenso como valor democrático. Sin oposición real no hay debate, no hay corrección de errores y no hay rendición de cuentas. El poder absoluto tiende a la corrupción absoluta.
El futuro de una nación sin contrapesos es predecible; en poco tiempo llegan la arbitrariedad, la mediocridad en el gobierno, la persecución de críticos y el empobrecimiento del debate público. Las decisiones dejan de tomarse en función del interés general y se subordinan a lo que ya estamos viendo, la preservación del poder.
La destrucción de la democracia no siempre ocurre con tanques en las calles; a veces sucede entre aplausos, reformas legales y discursos que prometen orden, justicia y redención nacional. Cuando la ley se usa para desmantelar la ley, el daño es profundo y duradero.
México se encuentra ante un escenario ominoso , la democracia no muere de un día para otro; se va apagando cuando la sociedad acepta que el poder no necesita ser vigilado. Y cuando ese punto se alcanza, recuperarla suele ser mucho más costoso que haberla defendido a tiempo.

