Al inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum, muchos observadores – incluso críticos de Morena- consideraron a la nueva presidenta como más moderada, sensata y racional que su jefe, López Obrador.
Y en efecto, durante sus primeras mañaneras tenía un tono más moderado, incluso conciliador, respecto del eterno discurso de odio, burdo y demagógico, de Amlo.
Ante ese viraje, surgió la expectativa de que Claudia no sólo sería distinta en su discurso, sino que eso se reflejaría también en sus decisiones de gobierno.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que dicha esperanza se desdibujara. Sheinbaum empezó a radicalizarse en su discurso y actitud.
Empezó a arrojar expresiones de odio, ira, descalificación y calumnias a los adversarios y críticos del obradorismo, en términos semejantes a los de su jefe.
Y eso, sumado a una personalidad desdibujada, fría, soberbia, provocó que incluso quienes habían señalado un posible giro moderado en la presidenta, reconocieron que esa idea había sido ilusoria.
Surgió la verdadera personalidad de Sheinbaum; fanática, radical, histérica, hosca, despreciativa, cerrada y burda, tanto o más que su maestro. Y precisamente por eso Amlo la eligió como sucesora.
En efecto, Claudia ha resultado sumisa y leal a su patrón, si bien hace movimientos graduales, no confrontativos y cuidadosos para tomar las riendas del poder, hoy compartido en gran medida con el Mesías del Bienestar.
Pese a lo cual, se pueden detectar algunos cambios en decisiones políticas respecto de su antecesor, aunque no demasiados ni muy pronunciados.
Es el caso de la política frente al crimen organizado, López Obrador ofreció al respecto recetas fantasiosas e irrisorias para presuntamente resolverlo; desde erradicar la pobreza, considerada como la única causa de las conductas delictivas de los miebros de los cárteles, pasando por la beca a los jóvenes, lo cual dejaría al crimen sin personal – y por tanto se vendría abajo-, hasta apelar a madres y abuelas para que le jalaran las orejas a sus hijos y nietos delincuentes, y así rectificaran su camino.
Más alla de ese discurso, fue quedando claro que Amlo en realidad protegía y respetaba a los criminales organizados – había que llamar al Chapo respetuosamente como don Joaquín Guzmán Loera – y seguir la política de abrazos. Se trató de una forma de proteger a los cárteles en general.
Claudia no ha modificado mucho el discurso; sigue insistiendo en que enfrentar al crimen con la fuerza pública es ilegal y violatorio de los derechos humanos – eso aplica a las ejecuciones extrajudiciales- y repite que la forma de resolver el problema es atacando sus causas, es decir la pobreza, como si eso pudiera corregirse pronto y fuera la única variable que incide en el fenómeno criminal.
Pero en los hechos, Claudia va colaborando poco a poco con Estados Unidos, como consecuencia de la creciente presión de Mr. Trump más que por su propia convicción.
Pero al mismo tiempo, recurre a la bandera de la soberanía para justificar su pasividad frente a los narco-políticos de Morena, que son muchos, tanto por los problemas internos que eso le acarrearía como la confrontación con Amlo, protector de los narcos.
¿Se verá orillada a entregar a algunos de los políticos morenistas que figuran en la lista negra del vecino del Norte? Se especula mucho al respecto en la opinión pública.
No puede asegurarse que eso pasará pero tampoco puede descartarse. Podría la presidenta ceder a la presión de Trump – al menos en parte-, tal como lo hizo respecto del petróleo regalado a Cuba, algo en lo que muchos aseguraban que no se doblaría.
De ocurrir, seguramente se sacrificaría a algunos de esos narco-políticos, pero los menos cercanos a Amlo y a la propia Claudia.
Y tendría que hacerse tras haberlo negociado con el propio líder moral, bajo la consideración de que sería lo mejor para proteger a los personajes más cercanos, empezando por sus propios hijos, seguidos por sus “brothers” (como Adán Augusto). Es sólo un escenario, pero no imposible de que se concrete.
También se nota un sano viraje al reunirse con expertos economistas, no necesariamente morenistas, para oír sus propuestas, cosa impensable en el todopoderoso Amlo, que se siente más conocedor en todos los temas que los expertos respectivos, y simplemente los descalifico como aliados a intereses oscuros.
Probablemente Claudia se muestra poco más abierta a oír otras opiniones al percatarse de que la economía que le heredó el macuspano va en rápida picada.
Sin embargo, en cuanto a las obras públicas – los elefanes blancos – del obradorismo, no hay cambio notable; excusa constantemente su inutilidad e incluso peligros que implican, y anuncia nuevas obras del mismo tipo.
En materia política tampoco hay cambio alguno; Claudia ha aceptado, justificado e impulsado la ruta autoritaria que inició su jefe; lo mismo en la reforma judicial que la desaparición o sujeción de las instituciones autónomas, y ahora el control de las elecciones – hasta donde su aliaza con el PT y el PVEM lo permita-.
Y mientras nos encamina hacia un acutorismo más marcado se muestra extrañada de que así se le tielde al obradorismo, dado que sus miembros lucharon por la democracia durante años, nos aclara.
Ignora, o finge hacerlo, que una ley univeral de la política es que desde la oposición (si se permite su existencia es formal) se impulsa la democracia porque así le conviene, pero desde el poder se intenta desmantelarla, porque estorba.
Y así lo dicen sin titubeos ni disimulos los documentos del Foro de Sao Paulo al que Morena pertenece, como lo hicieron exitosamente los dictadores de Venezuela y Nicaragua, y lo han intentado los aspirantes a serlo en países como Argentina, Bolivia, Perú y Colombia entre otros.
En esa ruta no hay viraje ni corrección por parte de Claudia; queda claro que la esencia de la presidenta es tambien el autoritarismo como esencia del modelo obradorista (llamado presuntuosamente Cuarta Transformación, siendo que está resultando ser una enorme destrucción institucional).

