La narrativa de los golpes de Estado y los intervencionismos imperialistas fue una que usaron los regímenes de izquierda populista durante décadas en diversas latitudes, especialmente, en Latinoamérica. El “fantasma” de las franjas y las estrellas se adentra y perturba —según ellos— cualquier estructura de poder que esté al servicio del pueblo soberano, bueno, “amoroso” y feliz, y por ello, no ha de permitirse bajo circunstancia alguna sucumbir ante el embate del imaginario enemigo delineado en una solemne águila calva.
Tal lógica “doctrinaria” que fue absorbida por los acólitos de la narca transformación, es la que se ha manifestado y expresado a través de los vasos comunicantes que tiene el amorfo aparato de difusión —tanto en el gobierno como en su movimiento— sin reparar en que cada vez que según ellos “resisten” el embate “imperial” ponen en riesgo y en vilo la relación comercial más importante que tiene el país.
Ahora bien, se ha de preguntar: ¿es un golpe de Estado la petición de Estados Unidos a México? ¿Existe la remota posibilidad que se concrete un escenario tal y como lo narran los acólitos tropicales? De ninguna manera. El acto judicial en concreto realizado por los Estados Unidos está ampliamente fundamentado y no rompe regla ni tratado alguno y esto ya ha sido acompañado por un plan de seguridad detallado donde se plasma la idílica colaboración binacional para llevarla a cabo. No hay golpe ni intervencionismo respecto de un tema que es agenda hemisférica y que afecta a prácticamente todo el continente. La cruzada norteamericana es contra el crimen organizado; no contra un país.
En segunda instancia, si se siguiera la lógica de los acólitos del señor de Macuspana, tampoco podría hablarse de un golpe de Estado, ya que el Estado mexicano fue roto y fracturado en los hechos por ellos mismos. Aún y cuando queda en pie sólo una mitad del poder judicial como se conocía, desde ese bastión queda la posibilidad de reconstruir el estado mexicano. También, si desaparece la variante del narco de la competencia electoral, se ha de comenzar a reflexionar sobre cómo revertir las reformas retrógradas —y espurias— heredadas por el presunto genocida atrincherado en Palenque.

Lo irónico y lamentable del estado de cosas de Claudia I de México es que su espejismo de imperio agoniza. Fue heredera de un país convulsionado, sin leyes debatidas y entregado al gran elector que es el crimen organizado.
Sencillamente: no hay golpe de Estado cuando el Estado está agonizando o prácticamente obliterado. Hay que afirmarlo como lo que es: el Estado mexicano no existe mientras exista el crimen organizado configurado como el gran elector. La soberanía morenista la ejercen los cárteles.
Por lo anterior, y con eso se cierra esta semana, el golpe sin Estado no lo dieron —ni lo darán— los estadunidenses, lo dio aquél que está postrado en una silla en su finca y que no volverá a caminar por las calles de México. Los y las responsables tienen nombre y apellido; que se haga la justicia y respondan por las vidas lamentablemente entregadas.
Bismarck Izquierdo Rodríguez
Secretario de Cultura del CEN del PRI
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