El resultado electoral atestiguado por los mexicanos en el estado de Coahuila el pasado domingo representa un ejercicio real electoral del cual se desprende la contundente conclusión que sí se puede enfrentar al oficialismo, aún con el uso clientelar de los programas sociales. Los coahuilenses se presentaron a las urnas y en una proporción de casi 3 a 1 el PRI derrotó a Morena en coordinación con el partido Unidad Democrática de Coahuila.
Lo irrisorio del tema fue que la dirigencia nacional del movimiento oficial salió a acusar que se había orquestado una elección de Estado y una serie de irregularidades que derivarían en una impugnación para intentar remediar el desastre partidista en aquella entidad. Comedia pura a cargo de Ariadna Montiel, Alfonso Durazo y de Ricardo Monreal.
En este contexto, los comentarios y los análisis ya se han prácticamente agotado y los otros dos grandes derrotados han sido Acción Nacional y Movimiento Ciudadano. La propuesta del sentido común es contundente: sin alianza no hay futuro para México. Cuando se organiza y se desahoga un proceso electoral sin el elemento de los grupos fácticos operando a favor del oficialismo es que la realidad social se impone y se configura el escenario político acorde a los anhelos de la gente. El voto es real y los resultados son reales. La voluntad democrática no puede ser rehén de los grupos del crimen organizado.
La respuesta del voto popular coahuilense está ligada a los resultados del gobierno y al actuar y a la presencia de los propios diputados locales en sus territorios. Lo que se debe buscar para el 2027 es aspirar a replicar la contundencia para evitar cualquier robo en los escritorios de los órganos electorales locales que estarán asediados por el partido oficial. 358 mil votos de diferencia en Coahuila hablan por sí solos.
Más allá del tsunami de encuestas, las narrativas pagadas y el cerco mediático, el oficialismo se está desmoronando por la presión de los Estados Unidos y la teoría de su derrumbamiento interno —para demeritar a la oposición— solo expone a los corifeos de armario que sueñan con mantener a la narca transformación en el imaginario mexicano.
La caída del oficialismo es inminente y está aconteciendo más allá de las argucias de Jesús Ramírez Cuevas para mantener a punta de encuestas la supuesta popularidad de la presidente de México. El desplome del turismo en épocas mundialistas, el alza de las protestas civiles para llevar al concierto internacional la situación de México y el permanente asedio de los grupos criminales se entrelazan para constituir el peor escenario posible para el movimiento fundado por el carnicero de Macuspana.
La presidente está encerrada en una jaula de hierro donde no se vislumbra salida alguna que le vaya a permitir irse tranquila a su casa. La presidente se encuentra en la línea de fuego entre el gobierno de Estados Unidos y la agenda del partido de su antecesor. El desastre aguarda en el horizonte y lo que venga después será inédito.
México demanda unión y una alianza total entre los partidos de oposición; posterior al proceso del 2027 se puede volver a experimentar con competir entre fuerzas pero hoy el que vaya contra la alianza va en contra de los mexicanos. No hay necesidad de ser técnico o barroco para entender esto.
Por último, así como en la etapa de decadencia del nazismo, no importa si se encierran en un búnker para engañarse de la realidad. Los márgenes de maniobra son ya prácticamente inexistentes y la presidente deberá tomar la que pudiera ser la decisión más importante del siglo XXI para esta nación. Unos hablan de romper el pacto; los acólitos de la transformación claman por la defensa de la soberanía. ¿Qué sucederá?
Bismarck Izquierdo Rodríguez
Secretario de Cultura del CEN del PRI
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