Le hicieron notar a Aureoles que si no "reventaba" de una vez por todas el conflicto con normalistas y maestros, le podría estallar durante la viát a del Papa en febrero
El gobierno mexicano quería llevar al argentino Jorge Bergoglio a los mejores y más relucientes lugares del país, aquellos en los que se muestra una nación moderna, creciente, en paz. Pero el Papa no escogió la ruta turística que le ofrecieron a través del subsecretario de Asuntos Religiosos de Gobernación, Humberto Roque Villanueva. En contraste, el pontífice de espíritu revolucionario se inclinó por San Cristóbal de las Casas, cuna de la rebeldía indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y del más reciente ícono de una Iglesia mexicana que se mete en política y hasta donde le da la gana: la diócesis del obispo Samuel Ruiz, q.e.p.d.; Ciudad Juárez, en donde convergen tres crisis que han azotado la imagen mundial de México: la migración, los feminicidios y el crimen organizado; Ecatepec, que ha tenido sus propios dramas de violencia contra las mujeres y de todos los males que acompañan a la pobreza urbana; y Morelia, capital de un estado devastado por la violencia, un estado que está cerca del corazón del Papa, tanto que le nombró cardenal (Alberto Suárez Inda) y ha hablado de sus problemas en varias declaraciones.
En Michoacán, curiosamente, ya no es el crimen organizado la principal preocupación de quienes están, desde los gobiernos federal y estatal, armando la visita del Papa. Sí lo es el conflicto con los maestros de la CNTE y los estudiantes normalistas.

