En 2007, cuando Donald Trump se dedicaba de lleno a diversas actividades empresariales responsables de su fortuna personal, entre ellas los bienes raíces, vio la luz un libro de su autoría titulado: Think Big. Make it Happen in Business and Life, en cuyo capítulo final presenta estrategias para tener éxito y patear traseros en los negocios y la vida (sic). En el libro, el magnate neoyorkino aborda factores que, para él, son esenciales en el mundo empresarial, por ejemplo, la pasión, el instinto, propiciar la suerte, vencer el miedo, etcétera y que, sin duda ha llevado a la práctica, puesto que posee una fortuna personal valuada en unos 8700 millones de dólares. No está mal para este empresario en un país, como Estados Unidos que en realidad es, para fines prácticos, un Estado corporativo.
Antes de llegar a la presidencia de Estados Unidos, Trump además de fortuna gozaba de fama. En 2004 produjo, de la mano de la NBC, el reality show The Apprentice, en el que diversos empresarios concursaban para ganar 250 mil dólares y la oportunidad de dirigir una de las empresas de Trump. El programa se prolongó hasta 2007 y surgieron, más tarde, nuevas versiones, como The Celebrity Apprentice y The Apprentice: Martha Stewart. Dado su atractivo, The Apprentice fue replicado en diversos países de África, Europa y Asia -en América Latina, sólo Colombia hizo lo propio con la primera edición de El aprendiz. Para muchos, este programa, amén de la incursión de Trump en diversos negocios vinculados al mundo del espectáculo, le permitieron llegar al público con la imagen de un emprendedor, capaz de lograr lo que se propusiera.
Ha pasado un año desde que Trump se convirtió en el 45° Presidente de Estados Unidos. Algunos piensan que es increíble que haya sobrevivido los primeros 12 meses -de los 48 de que constará su período presidencial- en medio de escándalos, confrontaciones con líderes mundiales, renuncias de colaboradores y una política exterior aislacionista. A ello hay que sumar la imagen que proyecta el mandatario, quien es bien sabido que posee un temperamento agresivo, colérico, provocador, desmesurado, misógino y profundamente racista.

¿Merece Estados Unidos a un Presidente como Trump? Es difícil responder esta pregunta considerando que el afamado neoyorkino se convirtió en inquilino de la Casa Blanca como resultado de un proceso electoral democrático. Cierto, muchos no votaron por él, pero otros tantos sí lo hicieron, entre ellos la población blanca y rural, que culpa a la globalización, a los tratados de libre comercio y a los inmigrantes de los males que la aquejan. Para ellos, Trump es una suerte de mesías, alguien que verdaderamente busca que Estados Unidos vuelva a ser grande y que usa el lenguaje apropiado diciendo cosas que deben ser dichas. Claro que otros sectores de la población no piensan igual y en una encuesta reciente se encontró que alrededor del 70 por ciento de los ciudadanos del vecino país del norte consideran que la administración Trump no funciona.
Pero, ¿qué ha pasado en el primer año del gobierno de Trump? Depende lo que se quiera evaluar. Si se trata de medir la influencia e imagen internacional de Estados Unidos en el mundo, ésta se ha deteriorado marcadamente desde que Trump ascendió al poder. Pareciera como si el magnate neoyorkino se hubiera esmerado por confrontarse abiertamente con todos, sean o no países amigos o aliados de la Unión Americana. Noruega, uno de los pocos países alabados por Trump en razón de lo que él percibe como “ejemplo” de origen de migrantes, es uno en que la opinión pública en su mayoría, considera al presidente estadunidense poco menos que repugnante. Afganistán, a cuyos habitantes tildó de terroristas, se une a esta percepción.
Su decisión de trasladar la embajada estadunidense de Tel Aviv a Jerusalén le ha valido una condena casi unánime de parte de la comunidad internacional. Otro tanto ocurrió cuando anunció que EEUU se retiraba de los Acuerdos de París para combatir el calentamiento global. Washington, con Trump, decidió no adherirse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que desde 1994 mantiene con México y Canadá. Ha reiterado su desacuerdo con sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En una imagen que le dio la vuelta al mundo, se negó a estrechar la mano de Angela Merkel. Adicionalmente tomó la decisión de que su país se retirara de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Respecto a Corea del Norte, se ha referido de manera despectiva al mandatario de aquella nación. Más recientemente, se le atribuye un comentario profundamente ofensivo dirigido contra Haití, El Salvador y naciones africanas a quienes tildó de países de mierda.
En su propio país, Trump declaró la guerra a reconocidos medios como The New York Times, The Washington Post y CNN, a quienes caracterizó como “enemigos del pueblo” en razón de las críticas que éstos han formulado a su administración. No hay que dejar de lado que el magnate tiene en su haber la renuncia de 18 de sus colaboradores y que el rusiagate es una piedra en el zapato cuyo desenlace seguramente no será terso.
Considerando todo lo expuesto se podría argumentar que Trump es un apprentice en el mundo político, que no saber hacer las cosas, que es una especie de cavernícola que vive en un mundo paralelo, el de Twitter, que es su recurso preferido para opinar sobre cualquier cosa, desde los aspectos más delicados de la política nacional e internacional, hasta la “sobrevalorada” -palabras de él- Meryl Streep.
Lo más sorprendente es que a pesar de todo ello, sea o no producto de una estrategia deliberada, Trump ha logrado dos cosas: asentarse firmemente en la presidencia de EEUU y cumplir con aquella máxima que reza que lo importante no es que hablen bien o mal de ti, sino que hablen. Incluso se especula que, dada su capacidad de supervivencia, se podría pensar en su reelección, tema que aunque lejano no es tan improbable.

Ciertamente un termómetro para medir el efecto Trump en el Partido Republicano serán los comicios de medio término de noviembre próximo. Y aquí es de destacar que si bien muchos republicanos se han desmarcado del polémico Presidente, otros han ido cerrando filas con él, justamente porque la base de apoyo, el voto duro con que cuenta este personaje, es de singular valor. El impeachment, esa figura que muchos consideraban casi inevitable hace algunos meses, ahora se aprecia como una posibilidad cada vez más remota. Claro que ello dependerá del curso que sigan las investigaciones en torno al rusiagate.
El primer año de Trump arroja muchas enseñanzas para Estados Unidos y el mundo. El estilo arrogante, grosero, insultante, amenazante y de desprecio con el que Trump se conduce podría impedir el reconocimiento de que, al final del día, él efectivamente ha puesto a Estados Unidos en el primer lugar de sus prioridades. No parece importarle lo que piense el mundo. Al final del día, Trump al igual que quienes le antecedieron en la Casa Blanca, responde al proyecto de nación de aquel país, mismo que busca mantener la primacía de Estados Unidos, algo que, presumiblemente, no se puede lograr a partir de lo que piensa el mundo exterior, sino de lo que quieren y necesitan los estadunidenses. Trump parece desmesurado, pero ha mostrado sus límites en torno a Irán y Cuba, al menos hasta ahora. Trump se refirió a la República Popular China de manera insultante en un primer momento para, después de reunirse con el presidente Hu Jintao, comentar que éste es “una persona encantadora.” Asimismo, no ha podido concretar todo lo que quería: ahí está su fracaso en la intentona de destruir el Obamacare. Y su postura, aparentemente tan intransigente en torno al programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), ahora está cambiando, dado que el mismo Trump ha aceptado la posibilidad de gestionar la ciudadanía para los jóvenes indocumentados, esto en medio de las negociaciones con el Congreso para hacer frente al cierre –shutdown- del gobierno en razón del debate presupuestal.
Quizá entonces lo que es importante entender es que Trump es así y su manera de hablar y de actuar forma parte de una estrategia, una en la que él ataca, agrede y desquicia a sus interlocutores, quienes, naturalmente, tienen dos opciones: responder a la agresión, o, como efectivamente ha estado ocurriendo, respirar profundo y retomar la negociación en curso. Trump es un tiburón –parafraseando la versión mexicana de The Apprentice- y navega en aguas turbulentas, atizando el fuego. Hasta ahora, esa estrategia le ha alcanzado para sobrevivir en los pasados 12 meses. Y aun hay más. Sólo que los retos que enfrenta son enormes, especialmente a nivel interno y es ahí, dentro de Estados Unidos, donde se decidirá su suerte, muy a pesar de la percepción tan devaluada que sobre esa nación tiene el mundo. Si EEUU puede aislarse del resto de la comunidad de naciones y salir avante en un entorno tan globalizado e interdependiente como el actual, está por verse. Pero Trump cree que es posible volver a hacer a EEUU grande otra vez… pateando traseros.
