La trama de El nombre de la rosa transcurre en el siglo XIV y una de sus principales vetas es la discusión dentro de una abadía benedictina erigida tres centurias antes, sobre la posesión de bienes y la pobreza, sobre todo entre franciscanos y representantes del Papa Juan XXI. La abadía de Melk se encuentra en los apeninos septentrionales y fue una de las fuentes de inspiración de Umberto Eco para construir su novela, que comenzó a circular en 1980.
Paso por alto la serie de crímenes que en aquella abadía ensombrecen la polémica y hago lo mismo con las pesquisas de Guillermo de Baskerville y el novicio Adso de Melk para intentar esclarecerlos (en esa ruta, el escritor italiano elabora una soberbia narrativa fruto de su gusto por la novela policiaca, pero incluso el mismo Eco desechó que su novela se llamara “La abadía del delito” pues sólo nos remitiría a ese aspecto de la historia).

Me centro sólo en el incendio de la abadía y el fanatismo religioso de Jorge de Burgos, (para quien la ciencia e incluso la risa –que hace ver a los humanos como si fueran micos, según afirma, es ofender a Dios; sin embargo los micos no ríen, esa es una condición de los seres humanos, le responde Guillermo de Baskerville en uno de los diálogos más lúcidos).
La risa es una forma de cuestionar los absolutos; la risa es, podemos decir, el divertimento de la inteligencia frente al fanatismo, una forma de exhibir las limitaciones de quienes no quieren pensar sino creer, que prefieren el acto de fe que el razonamiento y están ciegos, igual que Jorge de Burgos (él también, de manera literal), pero saben desplazarse en los intersticios de aquella abadía para esconder los secretos del conocimiento o aleccionar con la muerte que embadurna de tinta las lenguas yertas, a quienes osan adentrarse en el mismo.

Hace unos días hubo un incendio en el tejado de esa abadía (Sacra di San Michele), de ahí que me remitiera a ese otro incendio festejado por Jorge de Burgos para desaparecer libros que establecen certezas pero sobre todo hacen preguntas que la fe no admite. El andar del anciano, frenético y desquiciado, pretende reducir a cenizas la esencia humana que siempre pregunta por qué. Y que, pese a todo, lo seguirá haciendo a través de los siglos para hacer el registro de la esperanza que tienen los hombres para razonar y, entre el ejercicio de reír de ese fanatismo que también persiste.

