Imagine

Imagine usted, estimado lector, que entrando en la tercera década del siglo XXI, en algún país, el que usted escoja, un candidato presidencial propusiera a los electores que pronto podría terminar con todo intercambio comercial internacional en materia agrícola. Esto, debido a que durante su gobierno se alcanzará —diría— la autosuficiencia alimentaria en su propio país.          Imagine a cualquiera de los presidentes actuales y elija al que usted considere el más torpe e irracional; aquel que recurrentemente cae en episodios de desequilibrio emocional e imagínelo dirigiéndose al pueblo para informarle que ha suspendido algunos tratados comerciales en razón de que se ha propuesto producir en su territorio nacional todo lo que sus habitantes consumen. 

Imagine a un presidente, al más insensato que pueda localizar, prometiendo disminuir al mínimo las relaciones diplomáticas, asumiendo que con la política interior que lleva a cabo resolverá todo asunto de la política exterior. “La mejor política exterior es la interior”, repetiría incesantemente.

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Imagine a un presidente que se encuentra convencido de que los asuntos del gobierno son aquellos derivados de la eterna lucha del mal en contra del bien; que sostiene la premisa de que el bien (siempre representado por él) se impondrá al mal; que podrá sortear —como presidente— los grandes problemas nacionales y los enormes desafíos de la situación internacional, siempre y cuando porte, en su cartera, una estampilla de Jesús para enarbolarla ante sus colegas presidentes o líderes de la oposición exclamando: “Vade retro Satana”. Imagínelo diciéndose admirador de Juárez.

Imagine a un presidente que, en lugar de gobernar con la Constitución política, lo haga con una constitución moral, la misma que recoja el conocimiento —el del presidente— de lo que es moral y lo que es inmoral.

Imagine a un presidente que, apoyado en su constitución moral como norma fundamental de la nación, instaure un comité de salud moral para imponer una renovación moral al conjunto de la sociedad.

Imagine a un presidente que, para gobernar con su moral por delante, él y sólo él, es quien nombra a un fiscal general, a un fiscal anticorrupción y, aparte de todo ello, encripte como asunto de seguridad nacional todo aquello relacionado con las acciones de su gobierno.

Imagine a un presidente que forma una guardia nacional, en la cual agrupará al Ejército, la Marina, la Policía Federal, las policías estatales, municipales y que está sujeta a su mandato exclusivo e indiscutible.

Imagine a un presidente que cada dos años convoca “al pueblo” para que en las plazas públicas, a mano alzada, se decida si continúa con el gobierno o si le es revocado el mandato.

Imagine a un presidente que, ante una resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, podrá decidir que ésta tendrá validez sólo si el pueblo la aprueba en consulta pública.

Imagine a un presidente que, permanentemente, preguntará al pueblo quién podrá ser juzgado y, en su caso, quién es culpable o inocente.

Imagine a un presidente que pone a plebiscito los derechos humanos.

Imagine a un presidente que a toda persona que no simpatice con él la estigmatice como traidor a la patria.

Imagine un presidente que entiende la justicia y la igualdad social no como un derecho humano, no como imperativo del Estado y no como una obligación política y constitucional del gobierno, sino, en sentido contrario, como camino —sólo del presidente— para que éste alcance su felicidad personal.

Si alcanza a imaginar esto, entenderá que quien propone estas barbaridades llevará a cualquier país, incluido el nuestro, al mayor de los desastres.


Este artículo fue publicado en El Excélsior el 29 de mayo de 2018, agradecemos a Jesús Ortega Martínez su autorización para publicarlo en nuestra página.

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