Oyendo a los candidatos presidenciales prometer aumentos del gasto gubernamental en tantos rubros, se tiene de pronto la impresión de que giran contra una caja hueca.
No en vano una pregunta socorrida de la noche del último debate fue “¿De dónde van a sacar el dinero?”.
Sabrá Dios.
Los candidatos no hablan de impuestos, salvo para decir que no habrá, ni de ampliar la deuda pública, que es palabra prohibida. Pero tampoco hablan de crecimiento económico, la única fuente sana de mejoría de todo, incluyendo el gasto gubernamental.
Las restricciones de las finanzas públicas mexicanas son enormes y tienden a empeorar. El peso es débil, la deuda crece con sus caídas, la inflación acecha, el bajo crecimiento persiste. Puede anticiparse en el horizonte cualquier cosa, menos un gobierno federal con dinero para gastar más.
Si el gobierno no recauda más impuestos, o si no aumenta su deuda, o si la economía no crece, es imposible imaginar un gobierno que gaste más.
La idea de cobrar más impuestos es intolerable para una sociedad como la mexicana, que ha visto a sus gobernantes dispendiar y corromperse con el dinero público como nunca.
La idea de crecer la deuda tiene costos inmediatos en los mercados y recuerda épocas de postración económica por las que nadie en su sano juicio quiere volver a pasar.
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