Se dice que en las democracias los resultados electorales deben ser inciertos (competidos) y los gobiernos previsibles. Los mexicanos estamos en la condición opuesta: los resultados electorales de este domingo no son inciertos, pero el gobierno que viene no es previsible.
Yo he preguntado a gente que va a votar por López Obrador, a gente próxima a él e incluso a quienes son ya sus colaboradores, si saben realmente lo que López Obrador hará cuando llegue al poder, si será como presidente más bien un radical o un pragmático.
Cada quien dice con claridad lo que espera que suceda, aquello que le parece que sucederá, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Nadie tiene una respuesta que no albergue la excepción o la duda.
El hecho es que los mexicanos se disponen a entregar un poder enorme a un líder que creen conocer bien, pero que no conocen realmente, y a un partido/movimiento, Morena, del que ignoran casi todo.
Creo que en López Obrador conviven el predicador y el pragmático, el agitador de la plaza pública y el político profesional, y que esa dualidad lo acompañará en el gobierno, como a toda oposición radical que se hace gobierno.
La oposición sueña, el gobierno debe estar despierto. La oposición atiende a sus sueños, el gobierno a las realidades.
Es la fábula del borracho y el cantinero. El borracho pide, grita, alegra, agita o violenta el local. El cantinero debe atender al borracho, aguantar sus gritos, calmar sus ánimos, cuidar el local.
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