Los exámenes terminaron y los salones han quedado a oscuras con la llegada del verano a la Universidad Nacional Autónoma de México, el orgullo del sistema de educación pública del país.
Sin embargo, aunque se reducirá el flujo de estudiantes y profesores, hay un raro rincón del campus principal de la universidad donde no cambiarán muchas cosas; donde mañana se parecerá mucho a ayer y el próximo mes mucho a este.
Desde el año 2000, el Auditorio Justo Sierra de la UNAM ha estado bajo el dominio de manifestantes, en lo que constituye una de las más largas ocupaciones de un edificio universitario en la historia: se ha extendido por casi 17 años y no da muestras de terminar.
Sigue sin quedar claro exactamente quiénes ocupan el edificio ni cuántas personas componen la fuerza de ocupación. Cerrados y combativos, rechazaron repetidas solicitudes de entrevistas.
“Estamos en contra de los medios de comunicación”, explicó un ocupante, que se negó a dar su nombre y dijo que no se dan entrevistas sin el consentimiento de “la asamblea general”. Estaba parado en lo que alguna vez fue el vestíbulo del auditorio, cuyas paredes lucen ahora cubiertas por calcomanías, grafiti, carteles y murales.
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