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Hay prólogos que luego son epílogos. Florestán

La transición era, es aún, de terciopelo. El Presidente de la República y el electo se habían reunido dos veces en Palacio Nacional, una de forma inédita con el gabinete que se irá y el que vendrá, y Andrés Manuel López Obrador había declarado ante empresarios regios, el pasado 4 de septiembre, y en otros foros, que a pesar de los problemas obvios, que los hay, se estaba dando una transición en armonía, con estabilidad, sin crisis política ni crisis financiera, incluso mencionó con visión adelantada que no nos está pasando lo que en Argentina, donde la crisis ya se le fue de las manos al presidente Macri al cumplir mil días de gobierno con una devaluación que supera 100 por ciento, como en el México de Luis Echeverría, en 1976 y el de José López Portillo en 1982, con Miguel de la Madrid en 1987-88 y en el relevo Carlos Salinas-Ernesto Zedillo en diciembre de 1994.

Cuando ahora todo corría en esa armonía, el domingo en Tepic, López Obrador se volvió a subir al templete y diagnosticó sorpresivamente la bancarrota del país.

México —dijo— está atravesando una situación económica y social muy difícil, y posiblemente por la situación de bancarrota en que se encuentra el país no podamos cumplir con todo lo que se está demandando, pero sí vamos a cumplir con todo lo que ofrecí en campaña.

Y entiendo una parte del planteamiento: no hay un solo jefe de gobierno en el mundo que pueda cumplir con todas las demandas que le plantean, es imposible, pero sí responder a las promesas de campaña, hazaña de por sí colosal, en el terreno casi de lo inalcanzable.

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