“En política fondo es forma”, dijo alguna vez Jesús Reyes Heroles, personaje de dichos favoritos del presidente electo López Obrador.
Si el propio López Obrador pudiera ver de lejos el confuso espectáculo que ha montado en torno al aeropuerto, tendría que admitir que la forma ha devorado al fondo, que el proceso ha terminado siendo más importante que la decisión y que la decisión será al final tan discutible como el proceso, pues viene manchada por él.
La consulta ha fallado en las formas, pero quizá nos está diciendo algo serio del fondo del problema, no solo del aeropuerto, sino más allá: del estilo personal de gobernar del próximo presidente.
Las formas alternativas de ese estilo han quedado más que manifiestas, abiertas a la interpretación, en el proceso de la consulta.
Aquí hay de dos: o el Presidente electo sabe de antemano lo que va a decidir y monta un espectáculo para justificar con algún confeti popular lo que es desde antes su decisión personalísima, o en verdad no sabe lo que va a decidir, no puede llegar a esa decisión en compañía de sus colaboradores y necesita oír lo que la gente dice para decidir en sintonía con lo que la gente quiere.
Las dos alternativas son indeseables, diría yo.
La primera porque es una forma de la manipulación. La segunda porque es una forma de la indecisión. Las dos porque confunden a la ciudadanía, transmiten incertidumbre y, en el fondo, eluden la responsabilidad de gobernar.
En el caso del aeropuerto estas condiciones se dan sobre un asunto que puede ser decisivo para el sexenio de López Obrador.
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