Este es uno de los principales riesgos de nuestra lánguida democracia: el deterioro de las leyes y las instituciones genera personajes antisistema y legiones que los respaldan: en vez de procurar reformas al régimen claman por la ruptura y dicen no al financiamiento público de los partidos e incluso no a los partidos –piezas clave, nos guste o no, de la democracia–; en la indignación –no en la prudencia– reclaman al Estado por la inseguridad pero nada o casi nada dicen para condenar al crimen organizado y respaldar a las fuerzas armadas. El ánimo enardece y la mesura es antipopular: no está en la democracia la salida, parecen sostener, la salida está en mandar al diablo a las instituciones y diseñar la esperanza en expectativas de la providencia, incluso con la bendición de dios.
Impera la demagogia e incluso la visión más conservadora respecto a temas clave de los derechos humanos –el aborto, la marihuana o las bodas gay, por ejemplo– igual que la inconsistencia de los actores políticos que miran la corrupción en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ah, porque el descrédito de la política y los partidos también lo han ganado a pulso esos actores, y ahora se espantan de su propia creación: la falta de credibilidad en la democracia y en la justicia. Por eso es que registro una complicidad: actores políticos y medios de comunicación oficialistas que se miran así como muy preocupados por los riesgos de la democracia cuando ellos mismos han sido promotores de esa decepción a punta de corrupción, ineficacia legislativa y falta de visión de Estado, y junto con esos actores, está la rabia o la indignación como respuesta, el periodismo militante que se presenta como el único y por ello, para encauzar esa rabia cree que puede y, a veces que debe, distorsionar la información para respaldar la esperanza que encarna un solo hombre y quienes lo acompañan o en el camino deciden hacerlo. No privan los valores de la democracia y ese, creo, es uno de nuestros principales riesgos.
Marco Levario Turcott
