El Presidente no se ha guardado nada ni se lo va a guardar. Conocedor de los tiempos y de la reacción de los medios el sábado dio prueba de ello.
Sabía que todos los reflectores estaban sobre él no sólo por el cambio mismo de gobierno, también se debe a lo que significa para mucha gente. Tuvo la atención del país con todo y los altibajos propios de los comportamientos que guardan las audiencias ante los medios y redes, en particular ante la televisión. Tuvo de alguna u otra forma la atención del país, era su momento.
No se le van a presentar a López Obrador muchas oportunidades como la del sábado en que la sociedad esté totalmente atenta a lo que diga y haga. Todos los eventos en que estuvo se transmitieron en cadena nacional, en un hecho que algo tuvo de inédito.
No recordamos una situación similar en que la televisión siguiera de manera directa y durante tanto tiempo a un Presidente en cadena nacional. Los medios han sido por muchos años reacios a este tipo de transmisiones y, como en muchos casos son ellos quienes imponen las reglas, lo que habían hecho era sólo ofrecer uno de sus canales para la difusión.
El sábado todas las televisoras del país, públicas y privadas, estaban en la toma de posesión. En la mañana en el Congreso, con la toma de posesión, y por la tarde transmitiendo la ceremonia de la entrega de mando de la comunidad indígena a López Obrador, para cerrar con el largo discurso de una hora 33 minutos en el Zócalo.
El Presidente es un comunicador extraordinario. Hace lo que quiere con micrófono en mano. A esto se suma que conoce el lenguaje, entiende muy bien el significado de las palabras y sabe usarlas. Tiene una buena y rápida capacidad de reacción y sabe como desacreditar, atacar y evidenciar a sus adversarios, y más ahora que es dueño absoluto del púlpito.
El sábado en el Congreso le dio una zarandeada interminable, como le decíamos ayer, a Peña Nieto y a todo lo que representa el panismo y el priismo. Al expresidente no le quedó de otra que aguantar. No sabía qué hacer con su mirada, con sus gestos y ademanes.
Parecía que Peña Nieto era consciente que tenía y debía pasar por el largo y penoso trámite al que fue sometido. El pasado lo condena, pero resulta que ese pasado ha recibido el perdón desde el púlpito.
Lo paradójico es que, después de todo lo que el Presidente planteo de manera tan contundente, con abiertos tintes acusatorios, opte por ofrecer el perdón. López Obrador va a tener que hacer grandes esfuerzos para hacer entender a sus furibundos seguidores el porqué de esta decisión.
El pasado al que viene a hacer referencia, en particular en su discurso del sábado en el Congreso, es, a decir de él mismo, el detonante que ha provocado el actual estado de la cosas.
Este asunto puede terminar por ser una asignatura pendiente de riesgo para López Obrador, la cual no necesariamente la va a resolver con una de sus consultas.
Este tema, junto con el de la Guardia Nacional, está cuestionando a López Obrador sin que se vea que vaya a cambiar de parecer sobre ellos. Lo que no puede hacer es sólo confiar en sus propias fuerzas, sus más de 30 millones de votos y en sus altos niveles de aceptación.
De lo que no hay duda es que estamos en medio de fiesta y emociones que hace mucho tiempo no provocaba la política. Si bien mucha gente está contenta y optimista, es inevitable preguntarse cuánto tiempo va a durar todo esto.
¿Cómo le va hacer López Obrador para que este virtuoso momento se extienda antes de que lo alcance la terca realidad?
Por lo pronto, sus discursos y los actos con los indígenas estuvieron llenos de emociones, metáforas, esperanzas y cercanía, elementos fundamentales para vivir y sentir, y si alguien lo sabe, es ya saben quién.
RESQUICIOS.
Es evidente que la cancelación del aeropuerto de Texcoco se iba a resolver con el no de la consulta y de AMLO. Esto apenas empieza, ayer tuvimos los primeros escarceos.
Este artículo fue publicado en La Razón el 3 de diciembre de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
