Recomendamos: “Sentí miedo cuando los policías desaparecieron”, por Francisco Garfias

Las escenas que vimos el jueves afuera de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) no sólo preocupan, sino que también entristecen. Son producto del discurso de revancha y odio que está tan de moda.

Una turba enardecida —“el pueblo bueno”— golpeó y zarandeó un automóvil Sentra, sólo porque creía que dentro iba un ministro del máximo tribunal, uno de los que cobra “salarios ofensivos”. Peligroso, deplorable, alarmante.

Jorge Camargo lo vivió en carne propia. Es coordinador de Comunicación Social del Consejo de la Judicatura. Una de las tres personas a bordo del Sentra que salió de la sede de la SCJN y se encontró con la turba.

Los agresores golpeaban el auto, gritaban improperios, les enseñaban las pancartas dirigidas a ministros, jueces, magistrados: “renuncien, ratas”, “vividores del pueblo”, “traidores a la patria”.

Jorge confiesa que se sintió en peligro. Sobre todo cuando vio que los policías que se encontraban en el lugar desaparecieron apenas inició la agresión. Está convencido que eso estaba “dirigido”. Había una persona distinta a los demás seguidores de AMLO. Un “güero” que daba órdenes a los agresores. Su apariencia contrastaba con la de los manifestantes. Parecía fifí.

El funcionario del Consejo iba con Carlos, su chofer, y otra persona. Los tres vivieron minutos muy difíciles. Se les hicieron eternos.

Afortunadamente, no pasó a mayores. El carro quedó abollado. “Intentaron poncharnos las llantas. El toldo del lado del pasajero quedó sumido por los golpes”, nos cuenta Camargo.

Los vidrios del carro resistieron. “Si los rompen y nos sacan, quién sabe que pasa…”, señala.

Diversas voces se alzaron para pedir a AMLO que se deslindara de la agresión contra los ministros, jueces y magistrados. Lo hizo en su mañanera conferencia.

“A mí no me gustan esas protestas violentas. Siempre hemos protestado de manera pacífica. Somos partidarios de la no violencia. Ése no es el camino en el diferendo que hay sobre los sueldos”, dijo.

El Presidente tiene algo de responsabilidad en este asunto. Alentó la animadversión de sus seguidores contra los miembros del Poder Judicial.

Ya lo decía el socialista François Mitterrand: “En política y en el amor, las palabras suelen tener más peso que las cosas”.

Hoy es “Día D” para la Cuarta Transformación. El gobierno presenta el paquete económico para 2019: Presupuesto de Egresos, Ley de Ingresos, Miscelánea Fiscal y Criterios de Política Económica para 2019.

El presupuesto incluirá los ambiciosos planes de gasto de López Obrador. Los expertos vaticinan que si bien, en el papel, el paquete se verá equilibrado, los supuestos de ingresos serán demasiado optimistas. “Eso generará, posiblemente, desequilibrios fiscales a mediano plazo”, advierten los consultores de Grupo Eurasia, que han seguido día con día los vaivenes de la Cuarta Transformación.

La mayor parte de la atención probablemente se centrará en los ingresos. Es lo que determinará la viabilidad de alcanzar el objetivo principal: el cumplimiento de los compromisos de campaña asumidos por el Presidente, cuyo costo se calcula entre 400 y 500 mil millones de pesos.

Las promesas incluyen el programa para los ninis, 110 mil millones de pesos; duplicar pensiones a los viejitos e incorporar incapacitados, 120 mil millones; los programas para el campo y comunidades marginadas, 30 mil millones. Súmele los recursos para la nueva Refinería, 50 mil millones de pesos; 75 mil millones a Pemex para exploración y producción; 16 mil millones para la primera etapa del Tren Maya; las becas para universitarios…

Todo eso sin gasolinazos, sin subir impuestos ni aumentar deuda. AMLO dice que va a alcanzar con los recursos que dejen de irse por la corrupción y con la reducción de los gastos suntuarios en el gobierno.

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