Etcétera

Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero, una cinta engañabobos

Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero es una de las nuevas películas mexicanas que bien pudo nacer dentro de la categoría de telefilme; o para decirlo con usanza española: una cinta engañabobos. ¿Por qué? El formato de guión que desarrolla la cinta es similar a un capítulo de telenovela con matiz cómico, por lo que el chiste no es un medio para contar sino el fin (tantos lugares comunes que tan sólo hable alguno de los personajes el espectador no espera sino adivina), es decir, los diálogos -si es que le podemos llamar así a un conjunto de oraciones desconfiguradas- son tan digeribles que entonces el sarcasmo no intima con la inteligencia sino con la pompa de imágenes que izan la bandera de la estupidez. Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero, es una película para “chavorrucos” de la condesa, quienes han soñado alguna vez con ser famosos (no es que no lo sean en realidad, pero faltaba que alguien les hiciera un in-decoroso tributo) y que por sus múltiples aspiraciones y ocupaciones develan aún una ilusión perdida en su caja de pandora: ser rockstars. Por eso, esta latita de celuloide dirigida por Gustavo Moheno es una historia que refleja también la actual (ya lleva así como 25 años o más) escena del “rock nacional”, del “rock mexicano”, del “rock hecho en casa” o como satíricamente llama por ahí don Hugo García Michel: del “rockcito mexicano”. Una escena que vende recetas básicas de sonido reciclado e invita al respetable a festivales para incrementar el blof, para ser cool o nice, aunque la música sea lo de menos (el pop y la cumbia tienen actitud rockera, les he oído decir) y que desconoce generalmente la autocrítica. ¿Cuál es el argumento? Una fantástica “chaira” posmoderna de creer que un cantante famoso, tras momentos de lucidez y condescendencia creativa, al entrar a una tienda de discos, escucha la rola de una banda que quizás abandonó su prominente futuro por dedicarse a otras cosas y entonces queda convencido. El objetivo: volver a grabar la canción. Sí, la canción que Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero ya habían olvidado y Bono de U2 “rescata” para darles su “lugar” en la historia de la música. Luego del descubrimiento, la finalidad es hacernos pensar que los derechos de autor son una panacea para resolver los problemas, sobre todo si la falta de talento disfrazada de vanidad priva el poder simbólico de seguidores y groupies. Este no es un experimento de largometraje de ficción. Es un tanteo sociocultural con sociólogos de carnet. Tal vez si Moheno hubiese vuelto a filmar desde el remake (“Hasta el viento tiene miedo”) Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero sería otra cosa. Que Damián Alcázar sea para mí el mejor actor mexicano debido a la versatilidad histriónica y personalidad que ha demostrado en cada una de sus entregas, porque desde que actuó en “Bajo California” así lo he pensado, no significa que en esta cinta haya emulado a Woody Allen; a lo más que llega es una caricaturización de Adal Ramones. Por lo tanto, cuando le da vida a Eddie, la sobreactuación y la risotada fácil son prebendas propias de una mediocridad que en casi todos los “actores” que le acompañan son indisimulables, pero en él, por supuesto, causan controversia. No, Damián merece otro tipo de comedias, no ejercicios de disgregación cantinflesca. Que es aburrida, tampoco lo creo. Las tomaduras de pelo no aburren, sorprenden. Con música ciertamente hecha con un tono comercial (Anette Fradera), la trivialización que del rock se quiere imprimir a esta película, deja mucho que desear dado que nos remite a la reproducción de estereotipos que en la cultura popular prevalecen con respecto de uno de los géneros musicales más importantes del siglo XX: cabello largo, desparpajo, indisciplina, destrucción. Posiblemente el grupo Moderatto, lo habría recreado con un poco más de gracia y sutilidad, toda vez que ellos sí intentan hacer un entremés de teatro de la burla donde el rock sea un protagonista. Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero no, la cual además tiene la fotografía de ese montaje cinematográfico que pertenece a un sector de la producción artística mexicana: la heredera del sketch pretencioso y no carnavalesco; la hacendosa y luchona película que no dice nada; la que participa para ganar premios en festivales artificiales y artificiosos, la película que estaban esperando los facinerosos de la industria del guión televisivo. Fácil, como para no ir a verla.

 

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