Son putas y tienen mi respeto

Este artículo se publicó originalmente el 26 de noviembre de 2016.


Las putas me caen bien, en general. No me refiero, claro está, a ese cliché tan de moda que emplea el término para defender, qué bueno que lo hace, a la mujer agredida por su forma de ser o de vestir. Me refiero a quien, como una profesional y en pleno uso de su libertad para hacer con su cuerpo lo que quiere, brinda consuelo al otro en su orfandad emocional o en su apetito carnal sino es que nada más es compañía en esos estallidos de abandono y disfrute que llamamos solaz.

 

Simpatizo con las putas, o sea, con las personas que miran su cartera, procuran para sí, y también atienden las necesidades del otro que les paga. Y me gusta decirles así, putas, no “sexoservidoras” y no sólo porque puedan gustarme las palabras sucias sino porque ésta no la mancilla, por eso empleo el término y enseguida expreso simpatía por la legalización del oficio y es que las otras se llaman esclavas, eso es trata de personas, y es inadmisible; por eso hay que diferenciar bien entre unas y otras.

 

Me caen bien las putas de Argentina y Reino Unido que se organizan para darles sexo a los discapacitados, y el servicio es de alta calidad. Ellas están sanas, son higiénicas y le dan de todo a su enamorado anhelante, incondicional, agradecido. Lo besan en la boca, lo desnudan y acarician, le dan besitos tiernos en la frente y desde luego se lo piden una y otra vez, que le den más ellos a ellas, así como ellas dicen cuando a papi le piden más (y porque papi no es menos hombre que nadie al requerir de estos servicios).

 

Me caen bien las putas de Bélgica que pagan sus impuestos y que tienen atención médica igual que las de Holanda, Bogotá y Costa Rica. Además me entusiasma mucho saber de las mujeres agrupadas con el nombre de “Hookers for Hillary” que son las putas de Nevada que participan en las elecciones presidenciales al mismo tiempo que exigen derechos; me gusta que apoyen a Clinton contra Trump, cosa que en nuestro país no hacen varios analistas que se sienten puros.

 

En México nos santiguamos no sólo para pronunciar su nombre si no sobre todo al hablar de su legalización, lo que implica quitarle de las manos a padrotes y usureros el maltrato de las mujeres. Incluso aquí, el espíritu conservador e hipócrita confunde legalización con trata de personas o defenestra al hombre por requerir besos pagados y no acepta ni por un momento, no está en la naturaleza de ese espíritu conservador, que la mujer trabaje gustosa en ello. Y mientras todo eso, aquí las putas no tienen derechos y su trabajo es clandestino, ellas y nosotros estamos al amparo de una terrible red de complicidad y corrupción. Ah, claro, y nuestra izquierda primitiva callada ante eso.

 

 

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