Hay un hombre que a los 16 años intenta remontar la ausencia del padre, y lo intenta sumido en una paradoja: aprovechando la única herencia del padre que es la facultad para cantar. Su esfuerzo no solo remite a la orfandad emocional que atempera con su mentor -Pepe Jara- sino al papel que a finales de la década de los 50 y principios de los 60 le asignó el Estado a los hombres como jefes de familia y proveedores.
Entonces el hombre canta. Anda en centros nocturnos y tabernas de la ciudad de México. Tiene el rostro triste y demacrado. A los 17 años graba su primer disco pero, no sé, al menos yo, lo escucho más como un lamento; es una aporía: el rostro triste no puede cantar Amor y El Mundo, nadie o casi nadie se emociona con ese cuerpo flaco y derrotado. Pero ahí tiene la voz y eso es la esperanza cristalizada, precisamente, con El Triste, a los 20 años. De pronto la aporía se desvanece en el teatro Ferrocarrilero de la ciudad de México un día como estos hace 47 años: un canto de amor triste, anhelante, que invade a los presentes y a miles de personas que cantan con él desde la televisión. No importa que la canción obtuviera el tercer lugar del Festival de la Canción Latina, como no importa si alguien recuerda las que lograron el primero y el segundo. Importa retratar otro instante. Es más, tampoco importa la alegría de la madre que había abierto una fonda para apoyar el segundo disco del hijo, ni interesa mirar otra vez la sorpresa de Carlos Lico que abraza al cantor y la mirada dulce de Angélica María; ni que haga lo mismo Marco Antonio Muñiz. No. Lo que importa es que ese día nació José José.
El cantante saborea su dolor, lo saborea con alcohol. Sin compasión ni piedad, lo llena el reconocimiento del otro y así cree haber superado, al fin, la ausencia del padre (que fue un tenor reconocido). El éxito es la fama, no lo duda. Así aborda la nave del olvido y entre una y otra alegoría la cara triste del cantor la enmascara como “El Príncipe” de la canción en los 70, por una de esas composiciones que lo enfilan definitivamente al olvido de sí mismo; sí como cantaran él y Carlos Lico ese rostro querido no sabe guardar secretos de amor, la cara de “El Príncipe” no supo guardar esa herida letal de la falta del padre al que, vaya paradoja, emula en esos momentos con la fiesta inagotable del alcohol y las drogas, en un frenesí que poco a poco lo desgarraría completo, y reproduce en sus hijos la ausencia del padre.
Ignoro si sea casual pero me gusta imaginar que no lo es. Si me comprendieras, cuando la canta con Pepe Jara, es uno de esos cantos que dirigiéndose a la otra en realidad proyectan la angustia de no saber qué sigue en la vida que no sea pisar un escenario y oír aplausos. Y es que no había incentivos para eso, en medio de la vorágine los dioses lo abrazaron y con él entonaron las letras más tristes y festivas, ya mencioné a Carlos Lico y ahora a Juan Gabriel, Vicente Fernández y Marco Antonio Muñiz, entre otros más.
Entonces el hombre bebe. Sin la virtud de conocer el tiempo, sigue bebiendo. El tiempo no lo alivia porque él mismo no comprende sus ardores. 1984: Solo bebe y canta: “un día llegará que ya, de tanto ir y venir rodando, el cuerpo me dirá que no, que pare que ya está cansado/ un día llegará quizá que tenga que pagar muy caro, por no saber decir que no, al ansia de llegar más alto/ seré, quien todo lo dio por triunfar dejando su vida al pasar, hecha pedazos, seré…”
El día llegó. Hay un hombre que a los 69 años parece como si tuviera 90. Tiene la mitad del rostro paralizado pero aún tiene vida, como consta en la idéntica expresión del triste adolescente; con la mirada extraviada que busca oxígeno, escucha el diagnóstico: el cuerpo le dice que no, que tiene cáncer en el páncreas. Ahora, a esa tristeza le falta voz, incluso para amainar el temporal; se le fue desde hace unos ochos años cuando cantó por última vez y pidiéndole a Dios “que le dejara voz en la garganta”, sí, al mismo barítono lírico que nunca supo definir qué era lo más alto, la cúspide esa, a la que quiso llegar.
Hay un cantante improvisado en estos momentos, en cualquier lugar, y saborea su ilusión, recrea los besos y el roce de los cuerpos: “Déjame conocerte, déjame soñar, vivir un momento de felicidad/déjame besarte con todo este amor…” Y luego balbucea que, nada más por haber hecho cantar de amor a millones de personas, el cantor sí fue un sueño cumplido. Con todo el sentimiento almibarado y bobo, irracional incluso y hasta despiadado con el otro o la otra al que le dejan, nos dejan, con el corazón destazado, pero es que no hay que buscarle reductos al amor, que nos vuelve a todos insensatos; como ahora, si alguien entona esto:


