Hay quienes dicen que “la violencia de género” no existe, que es como una moda pasajera o una de las distorsiones de lo “políticamente correcto”; son legiones incrustadas en diversos estratos sociales y en esos terrenos con más o menos coherencia aunque en esencia la suya es una visión primitiva, desestiman el hecho atroz de la agresión a las mujeres por tener esa condición de género. Los más astutos señalan que los niveles de violencia más elevados se dan entre hombres y que nadie habla de “hombricidios”, y los más rústicos incluso advierten que la prevalencia del hombre manifestada a golpes contra las mujeres es una condición natural de nuestra especie; incluso en redes sociales de México y España durante los últimos dos días hemos visto que la violencia de género se festeje e incluso se aliente; en España fue trending topic el hashtag #GolpearMujeresEsFelicidad.
La violencia es un fenómeno social pero por supuesto que la agresión específicamente a las mujeres por esa condición de mujer, es una de las manifestaciones de esa violencia. Agredir a una mujer es parte de condicionamientos culturales (en México y el mundo, como lo es agredir a homosexuales y a grupos vulnerables), lo mismo en zonas indígenas de nuestro país donde una niña puede ser vendida o mancillada si no tiene la pureza prometida a los padres del novio que la compran, hasta un cúmulo interminable de agresiones físicas o psicológicas a las mujeres lo mismo para que el padre eluda su obligación legal para con los hijos que simple y llanamente el brutal sometimiento de la fuerza.
Una cosa es enfrentar las perniciosas derivaciones de los discursos políticamente correctos y otra cosa es dejar de señalar la miserable condición humana que ignora o desestima este fenómeno si no es que lo alienta.
