Donald Trump está muy cerca de nosotros me parece, y no me refiero a quienes, dentro de la pluralidad mexicana, simpatizan con él. Me refiero a que el candidato republicano es parte de un fenómeno planetario que se ha incubado con particular perseverancia en las democracias contemporáneas: la antipolítica, vale decir, la reacción emocional de los ciudadanos debido a la ineficacia de las instituciones y sus representantes en la gestión de la cosa pública y que ha sido capitalizada por la demagogia que descalifica a la política y los políticos sobre una especie de púlpito, digamos, ciudadano, porque éste, el ciudadano, es expresión de pureza y una víctima de los malechores que se han incrustado en el Estado.
La demagogia de la antipolítica acuña frases simplonas pero muy efectivas para provocar al mismo tiempo que generar indignación, es decir, la antipolítica no es un proyecto civilizatorio sino un estado de ánimo que tiende a la dilución de las instituciones y a socavar la diversidad a través de avistar en el poder a los inmaculados encabezados por su líder: Ayer lo expresó Trump con todas sus letras: “Prefiero que me apoyen los generales que los políticos”; aquí en México se manda al diablo a las instituciones y se vilipendia a la figura presidencial como una estrategia de la antipolítica que, así es como en realidad hace… política, sí, porque pretende asirse del poder.
Ayer que volvió el tema de los 43 jóvenes de Ayotzinapa abundaron frases como “Ni perdón ni olvido” contra quienes participaron de aquella muy lamentable masacre; esa es una forma de la antipolítica que no demanda de las instituciones la procuración de justicia y que incluso acusa a los representantes de las instituciones de la tragedia, acuña sin más que el Estado es el responsable (la antipolítica prescinde de los matices, desdeña las precisiones y actúa entorno de una encomienda) y casi siempre genera héroes de tal suerte que los muchachos son, según este discurso, símbolo del Estado represor; suceda lo que suceda para quienes encabezan la proclama “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” no habrá certeza alguna si esta proviene de los encargados de procurar justicia. La frase puesta en comillas implica la existencia de un sector social agraviado, que no perdona, así, con ese resabio religioso y de corte moral que los coloca por encima de los demás, aunque ese sector agraviado eluda que en esa región de Guerrero existe un grave problema con el narcotráfico.
Desde luego que la antipolítica es un fenómeno social que resulta al menos de dos variables: a) que durante los procesos de transición democrática se generaron más expectativas de las que la democracia misma podría cumplir (como si esta en sí misma fuera un paraíso) y b) la ostensible ineficacia y la corrupción de los gobiernos federales del PAN y el PRI así como la izquierda (si de este modo le podemos llamar a esa cosa que hay en el país) que en las siglas del PRD se ha mimetizado más con pragmatismo que con principios y programa propios, con los planteamientos de aquellos partidos. Ni qué decir de Morena –representa en varios sentidos el ideario del PRI además de su visión conservadora y talante antipolítico– o los partidos satélites que han hecho un gran negocio como el PVEM y Movimiento Ciudadano o Nueva Alianza. O sea, la antipolítica encuentra un gran resguardo en la crisis de nuestro sistema de partidos y en los grandes errores de los gobiernos recientes y, en particular, el actual.
La antipolítica implica descalificar al otro diga lo que diga si ese otro no coincide con quienes enarbolan los principios; la antipolítica implica ajuste de cuentas (“esos son, esos son, los que van al paredón”); amnistía para los malos (en el paraíso no caben las venganzas) o nada más estandarte contra los políticos o la mafia o como ustedes quieran llamarle al enemigo; la antipolítica no admite reconocer al otro o acordar con ese otro porque el acuerdo es sinónimo de transa o de abandono de los principios.
Por ello, acá en nuestro país, también tenemos riesgos enormes. Por ejemplo el que implica una involución de corte autoritario porque alguien y sus seguidores lograron la victoria contra la política y los odiados políticos, en favor de los ciudadanos limpios, probos y puros. ¿O no?

