Hoy, gracias a la columna de José Luis Martínez, supimos que el supuesto biógrafo (Braulio Peralta) relata que su supuesto biografiado (Carlos Monsiváis) lo intentó seducir, como si ese hecho (si es que en realidad sucedió) tuviera relevancia para comprender la figura del cronista (para mí no la tiene ni para ejemplificar sus malos gustos). Además, Braulio Peralta (el supuesto biógrafo) dibuja a Monsiváis (el supuesto biografiado) en la estancia de un baño público como lamiéndose los bigotes al comprenderse solo mientras mira a varios jóvenes, como si la descripción fuera esencial para conocer a este hombre, cronista y escritor. Nada importante, vamos, pero como nunca falta público entusiasmado en asomarse en la bragueta del otro, pues no falta quien considere que esa cosa es una biografía, y no la exhibición palmaria de la miseria de quien alude a la intimidad del otro, lucra con ella y se atreve a llamarle biografía. Celebrar la invasión de la vida privada e incluso íntima -morbosa e insustancial- implica alentar la frivolidad sobre el análisis sereno de una obra como la de Carlos Monsiváis; por cierto, hubo quien lo hizo con toda puntualidad, rigor e incluso apasionamiento cuando el cronista vivía, para confirmar ideas y flaquezas humanas e incluso para confrontar los ghettos culturales que comandó Monsiváis que cobraron enorme desquite, repito, lo hicieron en su momento y sin meterse en el trasero de nadie, no ahora que Monsiváis no puede responder. Estoy convencido de que cuando alguien reseña algo de la vida de un contemporáneo cuando ese contemporáneo ya no está, y cuando esa reseña no ayuda para nada, tuvo miedo de hacerlo en su momento y ahora lucra con su atrevimiento, vive sus minutos de fama como una estrella glamorosa, de la vida en rosa.
