“Hasta que la dignidad se haga costumbre”

Hace once años, en la plaza de Santiago Mexquititlán, Querétaro, tres indígenas hñähñú vendían muñecas de trapo, verduras y aguas frescas. Ese día en la tarde hubo un operativo y seis agentes federales quisieron decomisar la mercancía, los vendedores opusieron resistencia y hubo una trifulca; los policías fueron retenidos hasta que pagaran los destrozos y cuando lo hicieron fueron liberados. Pero cuatro meses después la policía detuvo a esas tres mujeres indígenas que no hablan español –Teresa González, Alberta Alcantara y Jacinta Francisco y las encarceló para purgar una condena de 21 años, acusadas de secuestro. Así la pasaron tres años y ocho meses, resistiendo emocionalmente un acoso tremendo, que incluyó la siembra de cocaína entre otros recursos asquerosos; fueron defendidas por Amnistía Internacional y el Centro de DDHH Miguel Agustin Pro Juárez.


El pasado martes, el procurador general de la República, Raúl Cervantes, ofreció una disculpa pública a las tres mujeres y ordenó la reparación del daño. Pero me quedo con el registro de lo que la señora Jacinta Marcial dijo además de exponer su dolor por aquella injusticia, ella dijo que no son las únicas que atravesaron por esa situación atroz, que hay otros indígenas más, presos, sin que sean culpables de nada. Y esa realidad es, o debiera ser, lacerante en el país. El sistema de procuración de justicia –su ineficacia, su corrupción representa una de las heridas más profundas que hay en el país.


Ayer, esas tres mujeres vendedoras de aguas, verduras y muñecas de trapo, dieron la nota a los medios. Mañana, mucho me temo y lo lamento tanto, habrán quedado en el olvido. Creo que, con diferentes grados de responsabilidad, todos somos partícipes de esta situación tan tremenda donde los excesos del Ejército y los criminales tienen defensores por el entrecruce de intereses políticos. Pero muchos indígenas no, ellos sólo son botín para la propaganda del color que ustedes quieran o nada más un pretexto para edulcorar la mala conciencia de cada uno de nosotros que entre un ramillete de flores o unos gramos de nopales y cebollas creemos ser no solo mexicanos de pura cepa, de esos teñidos por la tierra, sino solidarios también y para ello de vez en cuando ellos merecen unas palabras (así, como para subrayar lo discriminadores que también somos y simultáneamente repudiar a Donald Trump por su racismo).


Lo que ayer sucedió debiera ser también una vergüenza para nosotros. "Hasta que la dignidad se haga costumbre".


 


Marco Levario Turcott

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