Ante el primer informe de gobierno del presidente mexicano, analizamos las políticas —y reveses— de su gestión.
COLUMNISTAS
Soledad Loaeza, Julio Scherer Ibarra, León Krauze, Oswaldo Zavala, Edna Jaime, Mario Maldonado
Los límites de la excepcionalidad
- El proyecto de AMLO es muy ambicioso. Por eso es inquietante.
Por Soledad Loaeza
Soledad Loaeza es profesora investigadora del Centro de Estudios Internacionales en El Colegio de México.
Andrés Manuel López Obrador insiste en que su triunfo en la elección de 2018 fue una ruptura con el pasado y que estamos en el año cero de una nueva etapa en la historia de México. La primera señal de la nueva época, dice, es el liderazgo político diferente que él encarna. Sin embargo, tendrá que convencer a la opinión pública de que en realidad es distinto.
El presidente habla de su proyecto como un logro histórico —la Cuarta Transformación de la vida pública de México— aun antes de haber comenzado a diseñar las políticas que pondrá en práctica para alcanzar sus objetivos. Se ha propuesto escribir su propia historia antes de que ocurra.
Le gusta decir que lo que él hace, o los acontecimientos que lo involucran, son extraordinarios. Pero eso no siempre es cierto. Por ejemplo, ganó la elección con una mayoría sustantiva, pero no fue una marejada: alcanzó 53% del voto solo gracias a las coaliciones que estableció su partido, y su mayoría en el Congreso fue obra más de la ley electoral y sus alianzas que de los electores.
En los primeros tres meses de su gobierno, su nivel de aceptación fue de 78%, casi 30% más que el del día de la elección. Cuando AMLO se ufana de esa mayoría, olvida que el expresidente Carlos Salinas alcanzó ese mismo nivel de popularidad en 1989, a pesar de las serias dudas que había sobre su victoria en las elecciones de un año atrás.
Además, las últimas encuestas muestran la incipiente erosión de su aprobación —ya está en 66%— y de su credibilidad —en 47 %—, y una tendencia creciente al pesimismo entre la población. López Obrador rechaza estas señales y pretende descalificarlas con un torrente de declaraciones que no dejan mucho espacio a la reflexión.
AMLO no es un buen orador. Su retórica es muy simple y no tiene una personalidad sobresaliente. Pero el lenguaje llano, las referencias a figuras y expresiones de la cultura popular, y la burla y ridiculización de lo que ha bautizado como “la mafia del poder”, forman parte de una estrategia de comunicación bien pensada que mantiene la conexión con su público.
El afán de controlar su imagen está presente en las conferencias de prensa diarias: a través de ellas pone la agenda y orienta la atención de la opinión pública en la dirección que le conviene. La suya no es la popularidad de un presidente, sino la de un actor que crea tendencias de opinión.
Es posible que esa sea una de las explicaciones de la discrepancia entre su popularidad y su credibilidad. A la gente le gusta compartir con él la rabia y el desprecio que le causa el privilegio de unos cuantos, pero la diversión termina cuando las señales apuntan hacia dificultades que AMLO se niega a reconocer.
Por ejemplo, en el segundo trimestre de 2019 el crecimiento de la economía fue de 0%. La respuesta del presidente fue que esta situación “no nos preocupa mucho, porque hay mejor distribución de la riqueza”. También sostiene que, si hace lo que hicieron sus antecesores, como distribuir nombramientos entre sus amistades, no es igual porque él y los suyos son diferentes.
El proyecto de López Obrador es el más ambicioso que ha tenido algún presidente y por esa misma razón es inquietante: aspira a escribir una nueva historia patria, a crear una nueva cultura política desde una interpretación binaria y muy suya de nuestro pasado.
Pero en realidad, nada sabemos de ella. El presidente habla poco del mundo que quiere crear, mientras que su discurso desborda denuncias y acusaciones contra la mafia del poder y el neoliberalismo.
Es ahí donde AMLO ha mostrado que es un buen político que supo ver en la corrupción, la impunidad y el privilegio de unos cuantos, el mayor agravio del electorado.
Esto se ve claramente si lo comparamos con el último gobierno del PRI, que encabezó Enrique Peña Nieto y que demostró una extraordinaria falta de sensibilidad, pese a que la percepción pública era que la corrupción había alcanzado niveles inauditos y se había extendido a todo el aparato del Estado. Pocos gobiernos han provocado tanto rechazo como ese: terminó su gobierno con 24% de aceptación.
El presidente habla sobre todo de corrupción con el afán de despertar el potencial movilizador del resentimiento que, en un país con 50% de pobres, inspira la desigualdad lacerante y la riqueza de otros; la creencia de que el dinero es siempre malhabido.
Es probable que AMLO haga el mismo recorrido que otros presidentes anteriores en el subibaja de la opinión pública y que vaya del entusiasmo de la victoria al pesimismo que inspira la rutina de los políticos que, como él, creen mucho en sí mismos, pero poco en los demás.
El mensaje es claro: la forma de hacer las cosas está cambiando, la República se está transformando.
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Conmigo o contra mí
- El presidente espera que los periodistas tomen partido por su gobierno.
Por León Krauze
León Krauze es periodista de Univision y colaborador para The Washington Post.
En sus primeros nueve meses, la presidencia de López Obrador puede leerse como un catálogo de antagonismos. “Nuestros adversarios quieren que nos vaya mal y no voy a dejar de mencionarlo porque los conozco”, ha dicho. Y la lista es larga.
Ha descalificado a reguladores y órganos autónomos. Ha despotricado contra expertos, científicos y académicos, a quienes ha llamado “nostálgicos del neoliberalismo”. Ha condenado el escepticismo de calificadoras como Moody’s y Fitch, a las que acusó de actuar sin profesionalismo ni objetividad. Ha desechado los pronósticos de crecimiento del Fondo Monetario Internacional porque, dice, el organismo carece de “calidad moral”. Ha cuestionado la honestidad de entidades independientes que evalúan la labor gubernamental. Ha desacreditado a la sociedad civil, a la que atribuye ser herramienta del “conservadurismo”.
Y luego, claro, está la prensa. El presidente de México ha hecho de la confrontación con el periodismo que lo critica una rutina, lo cual es alarmante en un país en el que la labor informativa es cada vez más riesgosa. Insiste en que toda la prensa crítica cabe en un mismo saco y merece una lluvia de adjetivos. La prensa “fifí”, le llama. Estos periodistas son “fantoches, conservadores, sabelotodo, hipócritas, doble cara”. Y merecen oprobio. Así, López Obrador se ha enfrentado varias veces con el diario Reforma al que acusa, sin fundamento, de proteger a gobiernos anteriores y responder a intereses ocultos. Después de uno de esos arrebatos Juan Pardinas, director editorial del periódico, recibió amenazas de muerte.
La impaciencia lopezobradorista con la labor periodística incluye a la prensa internacional. Al principio de su gestión, acusó a The Wall Street Journal de falta de rigor tras la publicación de un reportaje sobre la polémica reducción en importaciones de gasolina en México. “Es que no son serios,” dijo. Lo mismo sucedió meses más tarde con The Financial Times: respondió a un editorial crítico con una exigencia de contrición a los responsables de la publicación, a quienes culpó de “aplaudir” las reformas de su antecesor, Enrique Peña Nieto. “Estoy esperando que ofrezcan disculpas. No fueron objetivos, no son profesionales”, dijo.
López Obrador insiste en que su enfrentamiento sistemático con el periodismo no es más que el ejercicio de su “derecho de réplica” frente a la crítica, sin advertir la asimetría obvia entre quien detenta el poder y quien lo investiga. Pero sus motivos son más complejos. Lo que realmente parece animar la hostilidad del presidente mexicano con la prensa crítica es el concepto de sí mismo como la encarnación de la verdad, la razón, la moral y la historia. A partir de esa concepción centrada en él, se entiende mejor su interpretación del papel que el periodismo debe jugar en el México actual.
La revelación la ofreció el propio López Obrador durante el más improbable de sus enfrentamientos con la prensa. En un intercambio reciente con el reportero Arturo Rodríguez, criticó la labor de la revista Proceso, bastión histórico del periodismo independiente mexicano.
“No se portó bien con nosotros”, dijo sobre la revista. Rodríguez reviró en defensa de su casa editorial: “No es papel de los medios portarse bien, presidente, con alguien”. El presidente ofreció entonces una lectura alarmante: “Los periodistas mejores que ha habido en la historia de México, todos tomaron partido”. El asunto no quedó ahí: “Y es que es muy cómodo decir: ‘Yo soy independiente o el periodismo no tiene por qué tomar partido, o apostar a la transformación’. Entonces, es nada más analizar la realidad, criticar la realidad, pero no transformarla”.
Para López Obrador, la labor del periodista no es la búsqueda de la verdad sino la aquiescencia sin fisuras con un proyecto político. Así, de nada sirve la crítica o el análisis de la realidad sin el compromiso para transformarla. ¿Y cuál es esa transformación? La que defina el propio López Obrador.
En esta interpretación, el periodista no está para exigir cuentas al poderoso sino para apostar por él. Antes que hacer preguntas, debe “tomar partido”. Lo que el presidente pide, en suma, es la adherencia absoluta a su proyecto personal. Hacer lo contrario es “portarse mal”, ser “fifí” y “conservador”. Es ser, casi, un traidor.
El acoso de los gobernantes a la prensa es uno de los signos ominosos de nuestro tiempo. Estados Unidos es la muestra. En los últimos años, México ha conquistado una libertad de prensa que permitió, entre otras cosas, investigaciones periodísticas implacables que expusieron abusos desde el poder. Algunas de esas revelaciones durante el gobierno de Peña Nieto ayudaron a despertar el hartazgo de la sociedad, el caldo de cultivo del triunfo de López Obrador en las elecciones.
El presidente de México parece pretender dar la espalda a esas conquistas en aras de una nueva prensa cómplice. Es de esperarse que el periodismo resista.
Más información en: The Washington Post

