Se estrenó con la muerte de Manolete, sí, con apenas 17 años. Poco después cruzó África de Cairo a Cabo, casi sin dinero, pero con algunos contactos y mucha desenvoltura. Persiguió las historias como si fueran novias y tras una prima enamorada hizo escala en Cuba y allí se paró a retratar a Castro, al Che, a Camilo, a Raúl, cuando aún no habían bajado de Sierra Maestra.
En los 50, en los 60, en los primeros 70, estuvo allí donde pasaban cosas. En la guerra del Canal de Suez en el 56, con Kennedy y Kruschev en Viena en el 61, con Martin Luther King en la Marcha sobre Washington en el 63. Entrevistó y retrató a reyes, artistas, pintores, revolucionarios, líderes de todas las causas. Dalai Lama, Abdel Krim, Husein de Jordania, Faisal II, Picasso, Dalí, Dominguín, Juan Carlos y Sofía antes de ser reyes.
Y publicó sus historias y sus magníficos reportajes gráficos en diarios y revistas de medio mundo en una época en la que la prensa y los periodistas españoles estaban atenazados por la censura y con grandes dificultades para viajar al extranjero. Fue un pionero, un atrevido, un descarado. Un curioso que tenía siempre la obsesión de ser testigo, de estar en el lugar en el que ocurrían las cosas. Y ahí quedaron sus portadas en Paris Match y sus fotos en The New York Times y en otras muchas revistas de todo el mundo.
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