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Colonialismo didáctico


La imagen del ‘buen indio’ capturado como ‘animal’ de circo u objeto de museo es lo que queda en la memoria tras ver El llanero solitario (2013) de Gore Verbinski. El filme se presenta con carga farsesca: el contraste de los dos personajes, Toro y el Llanero, hace que los veamos como caricaturas de un tiempo distante. Y he aquí el problema, vemos el recurso por el cual el cine norteamericano termina desviando la atención sobre la construcción violenta de su propia historia, creando otra, ligada a la reescritura espectacular de los medios de comunicación audiovisuales. El llanero solitario es conflictivo en este contexto: no toma postura, y si lo hace, en su intento desmitificador, termina siendo la caricatura de su propio discurso.


El filme de Verbinski tiene algunos problemas. Por ejemplo, la referencia al sujeto de una nación originaria, Toro, expulsado de la comunidad, quien pretende resarcir su papel luego de abrir el camino de la colonización inglesa. El drama de Toro es este: cuando niño, al salvar a un par de bandoleros, termina revelando las riquezas de su tierra a cambio de un reloj. Los bandoleros ingleses iniciarán de esa manera la industria de la exploración del oeste americano y su explotación, entrando donde se inicia la vegetación y extrayendo la plata. La industria explotadora se va a dar con el ferrocarril como promesa de la Modernidad que llega de la mano de un ejército que defiende con fervor el avance de toda empresa. El hecho nos pone en la idea de que el originario se fascina con los objetos occidentales a cambio de sus propias riquezas: es la puesta en escena de la inocencia, de su estado ‘infantil’ frente a la imagen de una colonización violenta, pero también es la exposición del tiempo detenido por la Modernidad expresada en el reloj.


La relación entre ambas metáforas es la que genera la risa entre los espectadores. La figura de Toro, en efecto, es la del individuo que está atrapado en su pasado mítico. Este asume la máscara de ese tiempo: su rostro está pintado y refleja, a modo de piel resquebrajada, aquello que se parece a la tierra erosionada que el colonizador va a dominar —por algo el filme tiene como escenario el Mountain Valley, lugar donde John Ford hiciera sus películas, y el espacio que el western clásico hará popular en todas sus producciones. La textura del rostro de Toro es similar a la de la tierra seca y agreste. Es el espacio-tiempo improductivo: es la faz de una pesadilla. Al originario se le reduce a una individualidad deambulante en este territorio. Y esto es lo que lo hace jocoso: su propósito vengativo es solo personal, pero también anacrónico. El director evita mostrarlo en la dimensión de lo creativo y lo ubica como farsesco. Por ello desde el principio es alguien que relata la historia, desde el circo, desde la vitrina donde está expuesto en forma exótica, como objeto de museo. El mundo del originario es reducido a lo mágico, a un espiritualismo esquemático. Por eso Toro tiene como tótem un ave muerta a quien alimenta con semillas secas, o habla o es interpelado por un caballo blanco —remitiendo a la idea de que en algún momento el ser humano hablaba con los animales— que se presenta como un espíritu. Su dimensión farsesca aparece denotada porque en contraste está la idiota racionalidad del que luego se llamará Llanero Solitario, occidental creyente de la justicia en un mundo donde la justicia está regulada no por el Estado sino por las corporaciones o los grupos empresariales.


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