Mientras su salud declina de manera alarmante a los 74 años, Londres evoca el mito de Mohammad Alí con una gran exposición que reúne 200 objetos del boxeador
Tal vez fue el mejor. De hecho él lo proclamaba a gritos, con su locuacidad efusiva, tantas veces histriónica. Pero además Cassius Marcellus Clay Jr., o Muhammad Alí, pues así quiso llamarse ("el otro fue el nombre que los blancos dieron a mi amo esclavista"), fue el primer deportista de predicamento planetario que gobernó su propio destino y se convirtió en unsímbolo de la contracultura.
Alí ganó tres veces el título del mundo. Lo hizo con solo 22 años, en 1964, y lo repitió ya más lento, pero más taimado, en 1974 y 1978. Disputó 61 peleas profesionales y solo bajó del ring derrotado cinco veces. Se pavoneó al lado de Malcolm X, vociferando ambos provocaciones racistas desde el otro lado que han envejecido mal. Pero su sincero aldabonazo en favor de los derechos de los negros supuso una inmensa ayuda contra una segregación repulsiva. Fue un San Sebastián pop, martirizado por las flechas para la portada de "Esquire" en 1968. Charló con Dylan y encandiló a los hippies cuando en 1967 el deportista musulmán se negó a enrolarse en el Ejército para combatir en Vietnam. "Yo no tengo ninguna pelea con los del Vietcong. Ninguno de ellos me ha llamado negro".
El establishment lo desposeyó de sus títulos y durante tres años largos, de su licencia para combatir. Le impusieron una pena de cinco años de cárcel que no llegó a cumplir y una multa de diez mil dólares. El Supremo acabó dándole la razón en su objeción por motivos religiosos. Pero como decía el zorro Angelo Dundee, su entrenador blanco de siempre, "le robaron sus mejores años". Alí es también materia literaria, fascinación de prosistas rocosos como Norman Mailer, instalados en la dudosa tesis de que reventarse a golpes es el epítome de la más alta virilidad.

