domingo 10 noviembre 2024

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por etcétera

El próximo 1 de julio los mexicanos decidiremos quién será nuestro presidente por los próximos seis años. No será una elección cualquiera. En el retroceso global de la democracia, lo que podría estar en juego no solo es un cambio de gobierno, sino un cambio en la naturaleza misma de la democracia liberal que México ha venido construyendo en este siglo. No sería la primera vez que los resultados de una elección democrática pongan a prueba a la democracia. En nuestros días, algunas de las más antiguas y sólidas democracias atraviesan por ese predicamento.

El cambio de gobierno es bienvenido. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) merece perder por haber reincidido en actos de corrupción que todos asociamos con su comportamiento habitual en el siglo XX. Quienes luchamos por la democracia durante las décadas finales del siglo pasado, conocemos bien esa historia. En 1928, el presidente Plutarco Elías Calles declaró concluida la era de los caudillos —“el país de un hombre”— y anunció el comienzo de una “nación de instituciones”. Así nació el PRI, como un pacto en el que cualquier aspirante renunciaba a las armas a cambio de la posibilidad de llegar a la presidencia, por la sola elección del presidente saliente. Era una monarquía absoluta con ropajes republicanos, con un nuevo rey cada seis años. El único límite era el temporal.

Esa transferencia ordenada y pacífica del poder funcionó por setenta años. Había otros partidos, pero el gobierno organizaba las elecciones, contaba los votos y repartía miles de puestos federales y locales. Había nula división de poderes y poca libertad de expresión. Aunque hasta finales de los años sesenta la gestión económica y social de aquel régimen fue relativamente aceptable, siempre la manchó la corrupción: cada sexenio producía una camada de políticos multimillonarios.

Las décadas finales del siglo XX fueron tiempos de crisis económica y política. La liberalización en ambas áreas era impostergable. Y ocurrió. En el año 2000, la victoria de Vicente Fox, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), puso fin al largo reinado del PRI. Y así comenzó el ensayo democrático en el que estamos.

Ha habido alternancia en el poder. En 2006, el PAN triunfó nuevamente con Felipe Calderón y en 2012 el poder regresó al PRI con Enrique Peña Nieto. En el México de hoy el presidente no es un monarca absoluto ni designa a su sucesor. En el Congreso, varios partidos tienen representación e influencia, no solo el PRI. La Suprema Corte de Justicia es independiente. Instituciones autónomas clave —entre ellas el Banco de México y el Instituto Nacional Electoral— operan con profesionalismo. Y aunque tiene limitaciones, la libertad de expresión ha revelado casos de corrupción que hubieran permanecido ocultos en el siglo XX.

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