Por default, Angela Merkel tendrá que ser la defensora de la globalización y los valores de Occidente. El peso de la viabilidad y orgullo de lo mejor del mundo liberal descansa ahora sobre sus hombros.
Ella es la que queda. Con su sentido irónico del humor y su fiereza a la hora de negociar. Le toca sacar la cara.
La victoria de Donald Trump en la elección estadounidense le ha dado un ímpetu casi sin precedente a la extrema derecha en todo el mundo. Súmele que los brexiteros del Reino Unido se salieron con la suya entonando mensajes antiinmigrantes y proteccionistas para convencer al electorado de votar en contra de la Unión Europea.
La tendencia se esparce por todo el viejo continente:
En Italia, los populistas cantan victoria después de que se votara para rechazar el referéndum de reformas del primer ministro, Matteo Renzi, y así hacer inevitable la renuncia de un líder comprometido con la Unión Europea.
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