Como lo lee: Blancanieves y los siete enanos, el clásico de los hermanos Grimm, trasladado al largometraje animado, sufrió persecución y censura. Los chistes de todos colores acerca de la relación entre la princesita en apuros y los siete hombres, pequeños y bondadosos, son cosa que lleva décadas en el repertorio humorístico de los mexicanos. Pero días hubo en que el asunto era más complicado: la Liga de la Decencia y otras organizaciones similares andaban sueltas en el México de la primera mitad del siglo XX, y nada se escapaba a su mirada vigilante y suspicaz.
Para ser justos, hay que decir que también en aquellos años, en Estados Unidos se ejercía una censura feroz. De hecho, Blancanieves llegó a su estreno en la pantalla grande con una escena de menos: esa donde los enanos preparan un lecho para la recién llegada a su refugio. No extraña, por tanto, que a su llegada a México, un año más tarde, los grupos conservadores, autonombrados guardianes de la moral pública vieran con muy malos ojos la historia de una jovencita en relación con siete señores, aunque fueran “enanitos”.
El caso de Blancanieves se anotó en una lista que ya empezaba a ser larga. Gracias a las presiones de estos supervisores morales, un par de años antes, en 1936, la Secretaría de Educación Pública había tenido que emitir una prohibición expresa para que a nadie se le fuera a ocurrir cantar canciones de ¡Agustín Lara! en las escuelas públicas. No era posible, alegaban los grupos de presión: desde “al abrazarnos el mismo cielo se estremeció”, hasta “vende caro tu amor, aventurera”, se corría el riesgo de que las tiernas almas de los niños mexicanos se asomaran al mundo del pecado. De hecho, el argumento fue que las composiciones del señor Lara eran “inmorales y degeneradas”. El asunto debe haberle encantado a don Agustín.
LA HISTORIA DE LA FLECHADORA. A estas alturas, ya es bien sabido el origen de la Diana Cazadora: en 1942, el escultor Juan Olaguíbel recibió el encargo de realizar una escultura para una fuente que estaría frente a la Puerta de los Leones, en la entrada del bosque de Chapultepec. El creador, amigo de un arquitecto de apellido Mendiola, quien trabajaba en Petróleos Mexicanos, hallaó en la jovencita Helvia Martínez, una bella secretaria de la paraestatal, la modelo idónea.
En sus memorias, Helvia Martínez, que con los años se convertiría en la esposa del político Jorge Díaz Serrano, ha consignado el shock que le supuso posar para la estatua, en particular cuando, respetuosamente, Olaguíbel y Mendiola le solicitaron que se desnudara para ello.
Inquieta, con la aprobación materna conseguida casi a tirones y ante lo inevitable, porque, en su fuero interno Helvia Martínez había decidido (“Sí, por vanidad”) que sí sería la “Flechadora de la Estrella del Norte”, la joven posó en desnudos parciales. Antes de llevarse a la Flechadora a la fundición, Olaguíbel buscó a Helvia: deseaba fotografiarla, ahora sí completamente desnuda, junto a su gigantesca doble. “enorme, majestuosa, hermosísisma”, la recordó ella muchos años después.
PERO LLEGÓ LA LIGA DE LA DECENCIA… En principio, el proyecto de la fuente y la escultura estaba aprobado nada menos que por el jefe del departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez. Así llegó la Flechadora a su lugar proyectado. Pero era inevitable, en ese México de los años 40 del siglo pasado, que un proyecto así llamara la atención. Los automovilistas se detenían ante la fuente para mirarla a detalle.
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