Desde el punto de vista de las emociones subyacentes, las elecciones de julio, dice muy bien Luis Rubio, son un combate entre el enojo y el miedo.
Enojo por el presente, por los saldos de mal gobierno, inseguridad y corrupción, en que se disuelve el sexenio. Miedo por el cambio que puede traer ese enojo, la sospecha de que el remedio puede ser más caro que la enfermedad.
El enojo, dice Rubio, carga las tintas sobre los males: “La evidencia de corrupción, un sistema de gobierno ensimismado y una total desconexión entre la ciudadanía y sus gobernantes”.
El miedo hace las cuentas de lo alcanzado en las últimas décadas: “Una plataforma de oportunidades inconcebibles hace algunos años. El tener una casa propia, acceso a una enorme diversidad de productos de consumo de cada vez mejor calidad y un entramado institucional que, con todas sus imperfecciones, permite elegir a quienes nos gobiernan” (Reforma, 1 de abril 2018).
La bandera del cambio fuerte, el cambio como ruptura, es propiedad de López Obrador. Ricardo Anaya trata de ocupar la casilla del cambio como reforma, no como ruptura, pero su ofensiva contra la corrupción, que incluye la posibilidad de encarcelar al Presidente, es más rupturista en eso que la de López Obrador, quien ha dicho expresamente que no procederá contra Peña.
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