En México cada vez con más frecuencia los adversarios buscan diferenciarse con base en la descalificación generalizada del otro, en la ruina moral del competidor
No me quiero poner cursi porque "esta noche es Nochebuena y mañana Navidad", pero sí me voy a tomar una licencia porque hay temas para los que estamos más receptivos en estas épocas de villancicos, posadas, regalitos, cenas y reflexiones que son cortes de caja.
México está enfrentado. Demasiado enfrentado. Circula mucho odio. Demasiado odio.
En el mundo de la vida pública y política —y no me refiero sólo a los políticos, sino a sus seguidores, a los ciudadanos que sin filiación levantan la mano para opinar, quienes nos dedicamos a ello como profesión y oficio, los analistas, las organizaciones, la academia— la competencia es sana, las diferencias son indispensables, la rivalidad es entendible, pero la enemistad es indeseable y el odio merece ser revertido.
En el mundo de la vida pública y política —y no me refiero sólo a los políticos, sino a sus seguidores, a los ciudadanos que sin filiación levantan la mano para opinar, quienes nos dedicamos a ello como profesión y oficio, los analistas, las organizaciones, la academia— la competencia es sana, las diferencias son indispensables, la rivalidad es entendible, pero la enemistad es indeseable y el odio merece ser revertido.

