En una democracia, la calidad del gobierno depende en gran parte de la calidad de la crítica y, más que nada, de la oposición. En los tiempos de dominio político del PRI, el desgaste se centraba en el gobierno y en su partido. La renovación sexenal operaba como una forma de amortiguamiento de la crítica, pues generaba también una renovación de expectativas, que se fue agotando cuando los problemas de uno y de otro gobierno continuaban más allá de sus periodos, particularmente como resultado de las dificultades por el desequilibrio macroeconómico. Esa inestabilidad se fue heredando de sexenio a sexenio, a la par que la oposición empezó a ganar terreno. A medida que fue mayor la afectación por la economía inestable, mayores fueron las posibilidades electorales de la oposición.
En aquel entorno, la oposición señalaba que el origen de todos los males venía del dominio de un solo partido; la alternancia en todos los ámbitos, desde ese simplista criterio, significaría la solución de fondo y haría realidad el funcionamiento virtuoso del régimen democrático. Habría, en automático, un gobierno acotado por la sociedad y fincado en el equilibrio de poderes, el estado de derecho y un régimen de pesos y contrapesos, de acuerdo al arreglo del modelo clásico de la democracia liberal.
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