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Eso de que todo mundo tenga la mirada puesta al mismo tiempo en el mismo programa de televisión es muy del siglo pasado. Ahora solo ocurre en casos excepcionales, un poco cuando aparecen episodios nuevos de Game Of Thronesy durante algunos eventos deportivos. Y entonces surge Luis Miguel, la serie, y de inmediato nos devuelve a esa era. Es un auténtico fenómeno que no solo atrapó a los entusiastas del cantante (que son millones), sino prácticamente a todo mundo, incluyendo a los jóvenes millennials que no conocieron a El Sol en plenitud de poderes.

En una charla casual pregunté a Beto Hinojosa, director de la serie, a que cree que se debe este éxito sin precedentes en la era del streaming. A grandes rasgos, menciona algunas razones. La primera es que significó una ráfaga de aire fresco en medio del hartazgo generalizado ante la conversación electoral. La serie nos dio otra cosa, menos controversial, de qué hablar durante esas semanas de polarización. También me habló de cómo aprovechó un hueco que existe gracias a la escasez de entretenimiento de buena factura generado en esta latitud. Y menciona la nostalgia. Estoy de acuerdo: me hace pensar en lo mal y de lo poco que se revisa nuestro pasado inmediato en la cultura pop mexicana. Además, obviamente, habría que agregar la gigantesca popularidad de Luis Mi y la opacidad en torno a su vida privada.

Yo, sin embargo, soy un franco detractor de la serie de Luis Miguel. Cuando lo manifiesto en público, mucha gente me ve como un bicho raro. Piensan que me quiero hacer el interesante. Que es una postura para pasar por “intelectual”. No faltan las acusaciones de pretencioso, de no tener sentido del humor, de no poder disfrutar de los más simples placeres, de aguafiestas. De querer colocarme deliberadamente lo mas lejos posible de la corriente principal. De presumir una supuesta superioridad moral. Me ven como si hubiera dicho que no me gusta el helado o los Beatles o las vacaciones. Ni siquiera, y lo he intentado, la puedo ver como placer culpable o como fuente de humor involuntario. Amigos míos se han enojado. Se lo toman personal y la defienden apasionadamente. Incluso se ha cuestionado mi mexicanidad a gritos. Sí, así de ridículo.

¿Por qué no soy un entusiasta más? Porque me cuesta trabajo lidiar con su mirada acrítica (y con frecuencia glamorosa) del peor México. El México clasista, del privilegio, de los mirreyes, donde los hijos de los presidentes tienen licencia para actuar como nuestros amos durante seis años. El México del criminal Arturo El Negro Durazo omnipotente, del absoluto PRI, de la represiva hegemonía cultural de Televisa, de los Palazuelos, de los Andrés García, de los Salinas.

Más información: http://bit.ly/2urBM7Y

 

 

 

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