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No se recuerda, en la historia moderna de México, a un presidente que haya llegado con tal nivel de popularidad, tanta legitimidad y el mayor número de votos de que se tenga memoria. Además, no habíamos tenido, hace décadas, a un todopoderoso que fuera dueño de la voluntad de la mayoría de los legisladores en ambas Cámaras del Congreso de la Unión. Si se le reprochan sus yerros es por dos razones bien válidas: porque él prometió el cambio inmediato, desde el día uno, en todos los órdenes de la vida pública nacional; y porque tiene a su alcance el herramental necesario para concretar ese cambio.

Me temo, empero, que estamos frente a un gobierno encabezado por un hombre más voluntarioso que capaz; mejor intencionado que preparado; sin plan de vuelo ni hoja de ruta, sorteando temporales sin protocolos ni reflejos; con un equipo de mediocres, desconectados del mundo real y que ensamblan un pobre coro que repite una cantaleta cada vez más hueca: el combate a la corrupción nos dará la salvación.

Estamos en franco retroceso. Y menciono solo cuatro temas recientes por razones de espacio: 1) Las leyes secundarias en materia educativa le devuelven todo el poder al sindicato y a su disidencia (SNTE y CNTE, respectivamente) justo en su tema predilecto: la discrecionalidad para regalar, vender o heredar plazas de maestro, sin la engorrosa capacitación ni, mucho menos, la humillante evaluación magisterial. Triunfo redondo. 2) El maltrato y humillación a elementos de nuestras Fuerzas Armadas por parte “del pueblo bueno y sabio” que, a sabiendas de que tenemos un presidente que no actúa so pretexto de la prudencia, les otorga un salvoconducto para que hagan, en la impunidad, lo que les venga en gana. 3) Las marchas y manifestaciones, por causas, sin duda, nobles y respetables, que terminan en actos vandálicos sin castigo alguno.

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