Un mes antes del otro 2 de octubre, ese de 2016 en el que Luis decidió irse para siempre, hice una visita exprés de ida y vuelta a Guadalajara; como parte de una promesa que le hice a Luis de reactivar mi cartera de clientes tapatíos para tener el pretexto de estar con él cada mes. El cumplimiento de mi promesa llegó tarde, para esa fecha, él ya había tomado una decisión. Nadie sabe desde cuándo, pero ahora sé que en algún cajón ya estaba guardada la carta de despedida que me dejaría fechada desde el 5 de agosto. Esa probablemente sería la última vez que lo vería antes de morir. Él lo sabía, por eso insistió tanto en que cenáramos juntos en su casa.
Hablamos de muchas cosas, pero sobre todo habló mucho de Tlatelolco, de aquella tarde. No era un tema del día a día con él: era más recurrente al acercarse el 2 de octubre. La fecha le afectaba un poco, cada año le dedicaba alguna columna y recibía o hablaba con periodistas que lo querían entrevistar. Aquella ocasión el tema lo traía a flor de piel y, en un breve preámbulo con cierta lógica y sensatez, me explicó que cada vez se hacía más viejo y que él no estaría siempre para contar su testimonio, dando a entender que ya tenía prisa, comenzó diciendo:
—La última y nos vamos.
Sin sospechar el peso de sus palabras lo tomé en sentido figurado. Interpreté que quizás quería decir algo así como: Ahora sí ya, por última vez voy a contar lo que yo viví. Y con esa mirada que uno hace cuando evoca los recuerdos, comenzó a contar con elocuencia lo que yo ya había escuchado de su boca unas veinte veces, las cuales invariablemente disfrutaba pero también me estrujaban el corazón. Su narración siempre me transportaba al balcón del tercer piso del edificio Chihuahua, a la Plaza de las Tres Culturas. Era muy enfático en ciertos detalles que siempre repetía con la precisión de un libreto, a mí me causaba gracia que hasta hacía los mismos gestos y ademanes al transitar por su relato, creo que fue la manera que le sirvió para preservar su testimonio lo más apegado a la verdad y que los años no lo distorsionaran. Quien conoció a Luis sabe que entre sus virtudes estaban la honestidad y su pulcritud editorial, y también sabe que tenía una fijación obsesiva por la verdad histórica. Esa noche fue distinta, cerró su relato con una noticia, la primicia de su última obra.
—Y para que ya no me vuelvan a preguntar, para que no queden dudas escribí todo esto en un nuevo libro que se va a llamar Tlatelolco aquella tarde, porque todo pasó por la tarde, no de noche, ya está en imprenta y sale en unos meses.
Él ya no vivió para verlo en las librerías.
En este libro escribió de nueva cuenta su testimonio sobre los hechos del 68 y muchos de los detalles que sabía de primera mano y que nadie le contó. Profundiza en otros pormenores con el pragmatismo y la libertad que le dio la experiencia que no tenía en sus veintes y las conclusiones a las que llegó después de casi 50 años de analizar el tema. No quiso llevarse a la tumba nada, todo lo que sabía lo escribió ahí.
En él hace un resumen extraordinario de la historia del movimiento estudiantil e insiste en dimensionar los hechos en su justa medida y derrumbar los mitos. Como él mismo dijo alguna vez: limpiar la memoria. También detalla punto por punto su pleito con Poniatowska. Sobra decir que, como siempre, la hace pedazos.
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