Una oquedad atrajo la vida de Gil hacia la publicación Club de su periódico Reforma. Error del vacío: en portada un grupo de seis jóvenes, 16 años, más o menos, miran al futuro y a la cámara. Ataviados con esmoquin de firma y zapatos de firma y corbatín de firma y camisa de firma, cualquier cosa que esto quiera decir, los jóvenes se despiden de la preparatoria del colegio Cumbres de los Legionarios de Cristo. Ellos van a graduarse. Yeah. Si la lectora y el lector oyen los apellidos, se van de espaldas.
Gil se había armado hasta los dientes con el libro de Ricardo Raphael: Mirreinato: la otra desigualdad, publicado por Planeta en 2014: “la mejor ganancia del exhibicionista es convertirse en referencia para otras vidas. Quien logra que su cuerpo, su rostro, su casa, su automóvil o su fiesta aparezcan publicados en algunas de estas revistas o suplementos —Club Social (Reforma), Caras (Televisa), Clase (El Universal), Quién (Grupo Expansión— ratifica su pertenencia a la elite mexicana”.
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La 'chesta' buena onda
Los jóvenes del Cumbres miraban fijamente a Gamés y ratificaban su pertenencia al zafarrancho. La lectora y el lector lo saben, durante la fiesta de graduación de estos mirreyes (como los llama Raphael) protagonizaron tremenda trifulca con otros mirreyes del colegio Irlandés. Bueno, ellos y sus guaruras. Hubo algunos heridos, unos escoltas resultaron más perros bravos que otros. Mi guarura te rompe la madre, wey. ¿Sabes qué, wey, te estás pasando de lanza, wey? Pues ponle, wey. Y a darse de madrazos elitistas, golpes de cientos de miles de pesos, no de los pugilistas, sino de sus papás ricos. Dicen los que saben que la madriza estuvo buenísima. Te rompo el hocico con mis zapatos Ferragamo, wey. No toques mi Hermenegildo Zegna, putito. Ni se te ocurra rayar mi BMW con tus pezuñas, wey. Traigo el Mercedes, wey, si manchas con tu sangre esta lámina sagrada, wey, no lo cuentas. ¿Cómo nos arreglamos?

