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Pocas veces el final de un año ha traído consigo una combinación tal de alivio y preocupación como el de este 2016. Alivio porque ha sido, literal y figurativamente, un año de pesadilla, de terror. Y la incertidumbre y preocupación provienen de un hecho alarmante: muchos de los principales acontecimientos del 2016 tendrán profundas consecuencias a mediano y largo plazo. Sus repercusiones se sentirán todavía dentro de lustros, décadas.


No hace falta hacer el recuento detallado de los daños. Tan solo con contemplar lo que ha pasado en Gran Bretaña y EU nos podemos dar una idea del alcance de esta debacle. Y es que no se trata de si estábamos o no a favor del Brexit o de Hillary Clinton o Donald Trump, sino de ver cómo el electorado de ambos lados del Atlántico decidió tirar por la borda toda noción convencional del sentido común y de los hechos, con tal de darle una lección al establishment de Londres, de Bruselas y de Washington.


El grito de guerra de quienes buscaron sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea era, palabras más o menos, “¡Al diablo con los expertos!”. En esa simplona y demoledora frase se resume lo que podríamos caracterizar como el triunfo de la ignorancia frente al conocimiento, del instinto frente a la educación. No es, o no es solamente, el tiempo de las noticias falsas o de la “post verdad”, como algunos le llaman. Es peor todavía: es el tiempo post factual, que los alemanes, con su gran precisión lingüística, catalogaron como la palabra del año: Postfaktisch. Eso que sucede cuando le creemos más a algo o a alguien que a los hechos que están frente a nuestras narices. Es la victoria de la ilusión, o del ilusionismo.


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