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Gil cometió el error de abandonar la inacción. Dejó el mullido sillón y a las 11:40 de la mañana llegó a las escaleras del Auditorio Nacional. A la mitad de la calle de Reforma, rumbo al Ángel, un camión conducido por activistas de Dios sabe dónde pretendía encabezar la marcha. Profesionales en toda la línea: megáfonos, lemas de protesta, camisetas negras, pancartas contra Peña. Se llaman reventadores. Estos provocadores (ores­ores) lograron algo, que la marcha iniciara confusa y desorganizada: no hay marcha sin vanguardia.


Gil apretó el paso y de pronto tuvo la impresión de que la manifestación crecía. Falso. Dicen los números oficiales de la policía de Ciudad de México que marcharon entre 15 y 20 mil personas. Van a perdonar a Gamés, pero esta cifra es un fracaso rotundo. No podía ser de otra forma: la marcha uno fue impugnada por los organizadores de la macha dos que, a su vez, se inconformaron con los organizadores de la marcha tres. Muy bonito. En las redes el pleito era tremendo: si vas, apoyas a Peña. Aún así una subtrama de la marcha consistió en insultar a Peña Nieto, presidente cuyo acuerdo alcanza 12 por ciento.


Gil caminaba bajo el sol cuando lo asaltó, no un hombre a mano armada, sino un pensamiento triste: algo terrible debe pasar entre nosotros si somos incapaces de unirnos para protestar por una amenaza enorme del exterior.


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