Hace más de una década, José Saramago pisó tierras mexicanas. Logré entrevistarlo en Morelia, Michoacán. Todavía en aquella época no tomaba precaución alguna, ni siquiera pensaba que podría correr riesgo, cuando viajaba por carreteras del país.
Lejos estaban las recurrentes preocupaciones que vendrían después.
Los temas sobre inseguridad, desigualdad, pobreza, enfrentamientos armados se centraban principalmente en regiones como Chiapas. El Premio Nobel traía en el corazón a Acteal y al subcomandante Marcos. En general, a todo el Movimiento Zapatista y a los indígenas de México.
Manejé hasta Morelia. La entrevista duró una media hora, pero la charla se prolongó “fuera de cuadro”.
En cierto momento hice un comentario más como alumna que como periodista. Como pupila frente a su guía. Y es que, fue inevitable. “Alguien que plasma en sus textos tanta belleza y claridad debe poseer todas las respuestas, aún mientras sólo sean un atisbo en su mente”, pensé.
—“No aprendemos, nos repetimos, ¿será que lo único que nos queda es tratar de hacer las cosas bien, ayudar en nuestro entorno inmediato?”, pregunté casi al final del encuentro.
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