En lugar de espiar, quizá ayude más dejar de hacer guerras en Medio Oriente, que producen un yihadista en cada familiar de "víctima colateral"
París, Francia.— Redacto esto mientras estoy sentado en la Plaza de la República. Está nublado, hace frío, el bullicio parisino está apagado y hay episodios de lluvia tan suaves que parecen enviados sólo para entristecer la escena.
Este es el punto de encuentro de las movilizaciones sociales más relevantes del país. Su estatua central está cercada por mensajes, banderas, flores, fotografías en memoria de los muertos por los atentados del viernes.
La gente y el gobierno tratan de volver a la normalidad pero no pueden. El luto oficial terminó pero el del alma prevalecerá un largo tiempo.
Los peores temores se van confirmando casi hora por hora: los terroristas que atacaron el viernes son jóvenes; seis de ellos, franceses; la mente maestra que planeó los siete ataques simultáneos estudió en una de las mejores escuelas de Bélgica, país vecino; todos viajaron a Siria antes de regresar a su propio país, tan fácilmente como mostrando en la frontera sus pasaportes. ¿Cómo desarticular enemigos así y ganar la guerra?, me dicen todos los parisinos con los que hablo.
Ante la crisis que la globalización contagia, los gobiernos no atinan otra respuesta para sus ciudadanos que les demandan seguridad: déjense espiar.

