Lo hemos escuchado mucho, sobre todo después de los atentados en París: el Islam promueve la violencia. Es cierto que hay numerosos dichos —o hadices— del profeta que abiertamente piden matar al infiel, y el Corán tampoco se queda atrás, como en la Sura 9:5, que pide masacrar "…a los infieles donde quiera que los encontréis, acosadlos, sitiadlos".
Lo que se olvida es que la tradición bíblica es igual; el profeta Samuel, en la guerra del pueblo elegido contra los amalequitas, ordena matar a "…hombres y mujeres, infantes y niños de pecho, bueyes y corderos, camellos y burros". Cuando el rey Saúl se rehúsa al genocidio, Dios lo destrona.
La diferencia estriba en que la mayoría de los adscritos a otras religiones se dan por enterados, aunque sea a regañadientes, de que los usos y costumbres del siglo 8 no tienen ya cabida en un mundo donde la democracia, la separación Iglesia-Estado y el estado de derecho son asumidos como triunfos de la humanidad. Sin embargo, grupos como Al Qaeda, Boko Haram o ISIS ven lo anterior como instituciones satánicas, buscando resucitar en los hechos la vida en los antiguos califatos, aunque ninguno de éstos haya sido, con todo y la enorme diferencia en contextos históricos, ni remotamente tan draconiano como lo que se vive hoy bajo el wahabismo salafista, la peor escuela de la sharia vigente en Arabia Saudita y en los territorios ocupados de Siria, entre otros.
http://www.milenio.com/firmas/roberta_garza_articulo_mortis/Violencia-religion_18_634316571.html

